Perdonen la crueldad y la franqueza

Alberto Ordóñez Ortiz

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El horizonte político está impregnado de negros nubarrones. La tempestad de la oscuridad domina la escena pública. Hay agitación, voces enardecidas e impetuosas y plurales tensiones. La Patria sufre la crispación de una zozobra pocas veces registrada. Las decisiones del gobierno son ambiguas. Todo queda en el limbo. Uno de conveniencias. Un día amanecemos con el precio del diesel incrementado, -medida empleada como globo de ensayo y para desviar la atención de la ciudadanía-, al siguiente, el incremento -como por arte de magia-, ha desaparecido. Se podría decir, sin equívoco, que el gobierno juega al sube y baja. Y agregar que durante el tiempo que duró el juego, los precios de los alimentos tocaron el cielo con las manos, en tanto que los principales productores de alimentos, -sus íntimos aliados-, resultaron los grandes beneficiarios. Paralelamente se logró que el alza de las gasolinas pasara de agache. Acto seguido -como suele ocurrir- se anunció “la guerra a los especuladores”. Maquiavelismo de pacotilla. En el aire de las componendas quedó titubeando la expresión: Hoy por ti, mañana por mí. Así se saldan esas cosas. Esas deudas entre políticos de trastienda.

Los intereses políticos -¡cuáles más, si no!- fueron el telón de fondo del perverso episodio. Las siniestras fuerzas que los dirigían, iluminaron tan sólo lo que querían que viéramos. Eso. Y nada más que eso. A continuación, no faltaron -no podían faltar- los mentidos y desmentidos. Hubo ministros que no se sonrojaron al asegurar que el precio del diesel era el de l,03. Que los enemigos habían mal interpretado el decreto. Sin embargo, como el alza fue más que evidente, tuvieron que derogarlo. Así fue como se tuvo prueba escrituraria -si cabe la expresión- del monumental y descarado engaño colectivo.

Pero el asunto no terminó allí, ocurre que los lectores de los noticieros, -no todos-, apremiados por la prisa de la post modernidad tan sólo se dieron el trabajo de leer los grandes titulares, aquellos que roban la vista y obnubilan la conciencia, porque no se dan el trabajo de leer los contenidos. De allí que a esta época podríamos adjetivarla como la de las noticias pildoras, al mismo tiempo que la de la turbiedad, de la falsificación y del desprecio. La conciencia crítica ha sido relegada al sótano de las cosas inservibles.

Y lo que es más doloroso: siempre habrá un escudo detrás del cual ampararse: autoridad, civismo; sin que pueda faltar el monstruo de la moral deformada, con sus imnumerables cabezas, -como las de la hidra del mito griego-, a las que pomposamente llamamos responsabilidad pública, salvación de la Patria y hasta humanismo. Es así como avanzamos impregnados por esa sórdida brea que hace de esas perniciosas costumbres un himno, pero no cualquiera, sino el de la soledad absoluta. Todo parecería conducir a que terminemos convertidos en simples muebles. Pero hay un momento, como este, en que al ser marginados de todo, casi se prefiriría no haber existido y ser, quizá, esto que en este instante soy: yo y este vacío erizado y opaco. Por esta vez, perdonen la crueldad y la franqueza. (O)