La utopía democrática

Marco Salamea Córdova

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Al acercarnos a un nuevo proceso electoral en el Ecuador, vale aclarar que la democracia hasta ahora ha sido vista básicamente como una forma de régimen político, e incluso ha sido reducida a la existencia de elecciones; sin embargo, la democracia puede ser concebida desde una perspectiva mucho más amplia: como una forma de vida social.

En el marco de esta última concepción, la democracia conllevaría el desarrollo e institucionalización de prácticas democráticas en todas las esferas de la vida social: las fábricas, las familias, las instituciones educativas, las relaciones de pareja, las relaciones entre amigos, etc.

Se trata de una concepción que estaría presente en autores como Alexis Tocqueville, un teórico clásico de la democracia moderna; pero, también, en un autor contemporáneo como Norberto Bobbio, quien en su obra “¿Cuál Socialismo?” aboga por una democratización de la vida social en su conjunto; una democratización que es planteada primordialmente como la extensión de los principios de la democracia representativa, tales como los derechos de libre asociación y decisión, hacia las células básicas de la existencia cotidiana de la ciudadanía, como el trabajo, la educación , el ocio, el hogar, y donde quiera que tal extensión sea posible.

En el marco de esta nueva perspectiva, la democracia se volvería una práctica cotidiana de los ciudadanos, una especie de forma de vida de las personas en su relación con otras, es decir, una forma característica de las relaciones sociales.

Esta nueva visión de la democracia está, también, presente en el autor inglés Anthony Giddens, quien se refiere incluso a la vida personal como una de las áreas en las que se puede avanzar en su propuesta de construir una democracia dialogante. Con esto entonces, al decir de este mismo autor, podríamos asistir a una tendencia democratizadora de la vida íntima y emocional; lo que incluso podría tener consecuencias importantes para la democratización de otros espacios de la vida social, y de la propia democracia pública y formal.

Ciertamente que para hacer viable este nuevo tipo de democracia es necesario un cambio radical en la educación de las personas, en función de que esta se oriente a promover una cultura democrática y formar ciudadanos democráticos, con formas democráticas de pensar, sentir y actuar. Se trata de una utopía, pero de una utopía racional y, por lo tanto, realizable. (O)