Literatura ecuatoriana: Danza de fantasmas

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Obra de Jorge Dávila Vázquez, segunda edición, género cuento del relato ecuatoriano con edición de Velásquez y Velásquez Editores e ilustraciones de Tito Martínez.

Por: Diego Araujo Sánchez

“Danza de fantasmas” tiene tres partes: la primera con doce relatos breves, algunos de los cuales son microcuentos; la segunda, “Peregrino en el tiempo”, con seis relatos que guardan cierta autonomía, pero que pueden ser leídos como una sola obra, una novela corta; y, la tercera, que da nombre al libro “Danza de fantasmas”, otra novela corta.

¿Qué une a las tres partes? Varios elementos. Pero el principal es la ubicación de los relatos en el ámbito de los fantástico, entre lo extraño y maravilloso. En su “Introducción a la literatura fantástica”, Tzvetan Todorov define la naturaleza de lo fantástico en relación con los extremos antes enunciados, lo extraño y lo maravilloso. Un hecho fuera de lo común pertenece al campo de lo extraño cuando existe una explicación lógico-racional para tal hecho. Por ejemplo, en “Peregrino en el tiempo”, un ángel de porcelana lee a Daniel las historias del libro que lleva consigo. El joven narrador se encarga de devolver el hecho maravilloso – la figura de porcelana que lee– al orden de lo extraño: “En la adolescencia, el pequeño ángel compartió muchas veces, como quien me consolaba, mis inexplicables momentos de tristeza y vino a leerme a mí en sueños fascinantes historias…” (Dávila, 2018). Basta para ese paso aquello de “vino a leerme a mí en mis sueños…”.


Uno de las historias que primero le lee el ángel se refiere al nombre del anticuario que le obsequia el ángel: Moltavid, múltiples vidas. Francisco Moltavid aparece en cada uno de los seis relatos, tiene muchos pasados y lleva como pesada carga una serie sucesiva de existencias en distintos tiempos y lugares. “La narración aludía a la posibilidad de pasar de una época a otra, pero no explicaba el origen de esa especie de poder, que iba más allá de lo lógico y natural”, reflexiona para sí Daniel, que pregunta al lector si Moltavid es un ser sobrenatural. El ángel lo mira profundamente a los ojos y permanece en silencio. En ese momento, la presión de la mano de la madre de Daniel lo despierta. La alusión al sueño o al despertar no deja espacio a dudas para el lector. El relato se sitúa en el campo de lo extraño. Pero la pertinaz imaginación del narrador crea un margen de vacilación: ¿son las historias fruto de su propia voz o de la voz del ángel lector? Es decir, el personaje-narrador y, con él cada lector, regresan a las parcelas de lo fantástico.

En el extremo opuesto de lo extraño se halla lo maravilloso; personajes y lectores aceptan un pandeterminismo sobrenatural para explicar los hechos fuera de lo común. Todos admiten la irrupción de lo excepcional, aunque violente lo lógico-racional. Un texto que se ubica en este territorio es “Distraída”. Dos compañeros de oficina visitan el monasterio porque las monjas quieren instalar un ascensor para la madre superiora, que está ya muy anciana y tiene dificultades para subir los tres pisos en el edificio del noviciado. Los recibe en el locutorio la hermana Margarita María, que anuncia a los vendedores del ascensor que la superiora los vería en el jardín. “Es un día soleado y quiere aprovechar el calorcito”, les explica. Y se retira para avisar a la superiora que los dos vendedores la esperan. El narrador prosigue: “Iban a decirle que sí, que sí, que siguiera, cuando les dio las espaldas y la vieron flotar en el aire dorado del jardín lleno de nardos y claveles y lirios; de pronto, se elevó y desapareció en el interior del convento. Ellos se miraron sin palabras.
–¿Piensas que alguien va a creernos…? – empezó el uno.

–No, así que cuidado con ir a comentar esto. Van a pensar que hemos enloquecido”.
Tras, la reunión con la madre superiora, uno de ellos confiesa el hecho inexplicable: la monjita que nos atendió, al irse, se elevó del suelo, le informa sin disimular su sobresalto. El narrador prosigue: “La monja hizo una mueca, que se podía tomar por sonrisa.–Ah, esta hermanita- y movió¬ la cabeza ligeramente¬–. Levita desde hace muchos años, y ahora le ha dado por volar. Es tan distraída. Bueno… espero verlos pronto”.

La aceptación de lo extraordinario como parte de los cotidiano implica que el lector y los personajes aceptan una causalidad que va más allá de lo natural. El relato se ubica en el campo de lo maravilloso.

Esta narración se cierra con un guiño de humor. Y con él, con una sombra de incertidumbre.
“Los dos vendedores quedaron sin palabra. Hicieron un breve gesto con la cabeza y retiraron.
–No te distraigas– dijo Alfredo, el que había recomendado que no se comentara el incidente, cuando estaban ya en la calle–. No te distraigas –repitió–, no vaya a ser que empieces a flotar como un globo, maletín en mano.
Y ambos se rieron alegremente”.

Lo fantástico se ubica, como advertimos antes, entre lo extraño y lo maravilloso: “Es –en palabras de Todorov- la vacilación experimentada por un ser que no conoce las leyes naturales, frente a un acontecimiento aparentemente sobrenatural…”. Tanto la incredulidad total como la fe absoluta nos llevan fuera de lo fantástico; lo que le da vida es la vacilación. El efecto de lo fantástico se crea, pues, en esa zona de ambigüedad que permite fluctuar en la explicación de acontecimientos fuera de lo común por una causa natural o por causas más allá de lo natural o sobre-naturales.
Los temas dominantes de lo fantástico en el libro de Jorge Dávila son las apariciones de personas ya fallecidas, su irrupción en la vida cotidiana de familiares o amigos, la presencia de fantasmas, ciertos objetos que muestran propiedades excepcionales, las transformaciones o metamorfosis de un mismo personaje que pasa por sucesivas existencias, el tiempo circular …


En los relatos de Jorge Dávila se puede ilustrar la observación de Julio Cortázar, gran maestro del género, acercas del cuento fantástico. Para él, “lo fantástico exige un desarrollo temporal ordinario. Su irrupción altera instantáneamente el presente, pero la puerta que da al zaguán ha sido y será la misma en el pasado y en el futuro. Solo la alteración momentánea dentro de la regularidad delata lo fantástico, pero es necesario que lo excepcional pase a ser la regla sin desplazar las estructuras ordinarias entre las cuales se ha insertado”.

El lector se enfrentará a las apariciones y objetos con propiedades excepcionales en “Doce cuentos”; con los fantasmas en la novela breve “Danza de fantasmas”; con la transformación de un personaje que pasa por distintas vidas y el tiempo que gira en redondo, en “Peregrino en el tiempo”.

En el cuento “Magnolia”, Víctor muere al subirse a un árbol de magnolia para ofrecer a una joven un ramo de las bellas flores. Veinte años después, tras una confidencia a la joven de sus pesares como adolescente, sube otra vez al árbol y baja de él para entregarle el ramo de magnolias. La madre –quizás la joven de 20 años atrás- reprocha a la hija el haber puesto en peligro su vida al subir al árbol que debió ser cortado cuando murió Víctor.

En otro relato, “Gardenia”, el amante desdeñado en el pasado se aparece en el presente a la muchacha de la que se burlan por el nombre, cuando al regresar en la noche sola a casa pierde un arete y él se lo recoge. En “La ayudante”, la hermana retorna del más allá para ayudar al hermano a ordenar el cuarto de fotografía. Esa esporádica presencia desde el más allá evidencia también la soledad del viejo fotógrafo. Madre e hijo conversan de Silvia, la hermana muerta, en el cuento de ese título. El joven revela que la ve pasar hacia el jardín. La madre supone que se trata de una broma. En “Amigos”, una pareja de jóvenes que hace años se había ahogado en el río se aparece a un joven sensible, con el que establecen una relación de amistad.
Dos características sobresalen en este tema de las apariciones, común a los anteriores cuentos. 1. No se las presenta como motivos de miedo o terror. La irrupción de lo sobrenatural acontece dentro de la cotidianidad, sin el hálito de lo excepcional o extraordinario. 2. El escritor crea un ambiente de incertidumbre y evanescencia propicio para que lo sobrenatural se manifieste como un hecho natural.

Dos de los relatos se desarrollan entre fantasmas: en uno de ellos, un microcuento, cuando en una reunión de amigos suenan las 12 campanadas y, la anfitriona, Dora Grimaldi, alude a la hora de los fantasmas, el mayor de los invitados afirma, con vehemencia, que los fantasmas no existen. “Todos estuvieron de acuerdo y Dora estaba a punto de excusarse –continua el narrador– cuando vio que empezaban a desvanecerse, y habría dado un alarido de esos que hielan la sangre en ciertas películas de miedo, si ella misma no hubiera sido parte del alegre grupo de espectros”. La brevedad, el final sorpresivo, operan con eficacia para conseguir el efecto de intensidad propio del gran cuento. También en “El nuevo” los personajes son fantasmas que provienen de una misma ciudad. El recién llegado ataca al de aspecto más distinguido, al que, en la ciudad, se daba aires de príncipe y miraba a los demás de hombros hacia abajo. Este no sabe si tiene sentido arrepentirse después de muerto por el orgullo y la arrogancia que exhibió en vida, pero concluye que en la condición actual todos son iguales y no conviene que haya abismos entre ellos. El relato puede pasar por una suerte de parábola o alegoría de la esencial igualdad entre los seres humanos. “Lástima que sea tan tarde–replica el recién llegado, el nuevo. Aparentemente, es tan simple vivir como iguales, en un mundo donde el día se levanta para todos y el atardecer pinta en el cielo los mismos colores anaranjados, para todos. Un mundo en que el agua sacia sedes idénticas y un bocado de pan satisface las mismas hambres… ¡Pero basta de discurso y sigamos penando!”.

En otro grupo de relatos, lo extraordinario y maravilloso parecen una propiedad de las cosas o lo fantástico se impone o invade la realidad: una botella guarda la voz de una persona a lo largo de los años; un árbol provee frutos de sabores diversos según el ánimo de quien los pruebe; una casa vieja, ante la nostalgia de la muchacha cuando la familia se traslada a una vivienda nueva, se desplaza hacia un terreno baldío junto a la flamante casa; un barco pirata cruza por el fondo de la bahía pero solo es visto por una joven tullida a la que creen loca y a quien no dan crédito: la incredulidad les cuesta caro porque los del pueblo no tiene fuerzas para resistir el ataque de los piratas.

Para Jorge Dávila, los temas de lo extraño, lo fantástico y maravilloso son sobre todo aperturas hacia la ficción, hacia la invención. Tienen sobre todo un carácter lúdico. Sería ingenuo pensar que las vidas sucesivas de Paco Moltovid o el tiempo circular en “Peregrinos en el tiempo” son indicios de que el autor cree en la transmigración de las almas, la reencarnación o se acerca a las religiones orientales; no, son sobre todo juegos de una rica fantasía.

El baile de máscaras de los espectros en la “Danza de los fantasmas” es también, sobre todo, pretexto para una colorida invención. A pesar del miedo que la narración de lo extraordinario suscita en uno de los personajes, este sentimiento no invade al lector, no es la intención del autor –me parece– crear una literatura del horror, ni apelar al efectismo de lo macabro. Más aún, hasta las situaciones de tensión y dramatismo tienen un anticlímax con momentos de humor. Por ejemplo, en “Danza de fantasmas•, tiene esta función la secuencia de las dos muchachas que se disfrazan de fantasmas para asustar a los jóvenes que fueron hacia la casa abandonada. El azar lleva a que las descubra una vieja sirvienta que, al descargar un leño sobre la cabeza de una de ellas, le dice: “Si eres del otro mudo, me jodí, pero si eres de este, te jodiste”.
La irrupción de personas fallecidas en la vida de familiares o amigos antes en medio de situaciones cotidianas y no excepcionales sugiere los inciertos límites entre la realidad y el sueño, la memoria y el olvido, la vida y la muerte. Y sugiere también la fugaz presencia de los muertos en la frágil memoria de los seres vivos. La convivencia de unos y otros nos remite a la frágil tela con la que se hallan tejidas las dos realidades tan opuestas y distantes y, a la par, tan cercanas.

Termino mi lectura de Danza de fantasmas con la observación de dos rasgos más de la prosa narrativa de Jorge Dávila: el primero es la importancia que tiene el diálogo en sus relatos. Ciertamente, la familiaridad del autor con el género teatral incide en su hábil uso: la presentación dramática es una forma a acercarnos a los personajes, sin la intermediación del narrador y acerca al lector al mundo narrado.

El segundo rasgo es el que, a pesar de que los relatos de este libro se ubiquen entre los límites de lo extraño y maravilloso, en la zona intermedias de lo fantástico, el autor no renuncia a sus raíces realistas, como se muestra en el lenguaje de los diálogos, en las descripciones de personajes y ambiente o, sobre todo en la segunda novela breve, en las alusiones a la preparación de las comidas propias del Carnaval en Cuenca, el motepata, los tamales, el pernil, los dulces…