“Arbolito”, “Ramita” y “Hojita” son sus sobrenombres: Los Guerrero, herederos de una tradición

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Juan Guerrero (I), cuyo sobrenombre es “Hojita”; Jorge Guerrero Vintimilla, “Arbolito”; y Jorge Guerrero Morales, “Ramita”, han sido animadores de las fiestas de Años Viejos y Mascaradas.

Padre y sus dos hijos han vestido el traje de payaso para animar concursos de Años Viejos y Mascaradas.

Cada año, tras el maquillaje, el grupo de payasos se toma una foto general en el Parque Calderón como esta que es una gráfica del recuerdo. Cortesía

Un libro abierto lleno de historias, vivencias y anécdotas. Así resulta una plática en el hogar de Jorge Guerrero Vintimilla, uno de los fundadores del Amistad Club, colectivo que junto con la Unión de Periodistas del Azuay (UPA) organiza anualmente los ya tradicionales concursos de Años Viejos y Mascaradas, el 31 de diciembre y el 6 de enero, respectivamente.

En esas fechas, un adolescente Jorge se vestía de payaso y por su estatura (mide 1,80 metros) y su delgadez lo bautizaron como: “Arbolito”.

Los preparativos, recuerda, eran todo un ritual. Partiendo desde el maquillaje, que en los primeros años era de modo muy artesanal y estaba a cargo de vecinas del barrio de la “Suelería”.
Tan rudimentario habrá sido que, a manera de broma, recuerda que hubo una ocasión en la que, “sin darse cuenta”, se empleó pintura de caucho acrílico que tardó no menos de tres días para removerse de la cara. “Imagínese, después de las fiestas seguir caminando por la calle pintado de payaso”, comenta Jorge, quien actualmente tiene 86 años de edad y está jubilado.

Las mofas entre los entonces ocho compañeros de grupo que esperaban el turno de ser maquillados amenizaban la larga jornada que terminaba con la foto del recuerdo. Una vez listos, el recorrido de los Años Viejos años atrás se cumplía abordo de una ambulancia ya sea del Cuerpo de Bomberos o de la Cruz Roja. Jorge, nacido en el sector de Perezpata y ahora con su residencia en Totoracocha, aún guarda en su mente un momento por demás curioso: habían terminado de visitar el barrio del Lazareto, al norte de Cuenca, todos se embarcaron, pero cuando arrancó el vehículo con las sirenas encendidas se abrió la puerta trasera y cayeron despedidos cuatro payasos: Patricio Tamayo, Bolívar Arévalo, Luis Guerrero y Paolo Peralta (+). Afortunadamente no pasó del susto. Apenas tenían golpes leves. Tomándose un “amortiguador” continuaron.

Igual de chusca resulta aquella ocasión en la que llegaron a la plaza de Las Herrerías a visitar uno de los Años Viejos que concursaban. Intencionalmente alguien retiró la tapa de una alcantarilla y la cubrió con un cartón. A la hora en que el grupo de payasos bajó del vehículo a animar a los espectadores se dieron cuenta que uno de ellos faltaba. Giraron la cabeza para ver quién era y lo único que estaba a la vista era una peluca. Uno de sus compañeros, Paolo Peralta (+), alias “el curtido”, había caído en la “trampa”. Lo rescataron con el pantalón roto y aunque cojeando este prosiguió.

Así como aquel episodio hay muchos más que han marcado a Jorge, aunque el principal se dio por esas coincidencias de la vida un 31 de diciembre de 1986. Hace 32 años nació su primogénito quien lleva su mismo nombre. Había nacido en el último día del año. Junto con un amigo, aún con su colorida y extravagante vestimenta, llegó al hospital para conocer a su recién nacido hijo. “Ya se imaginará la sorpresa y admiración de médicos, enfermeras y pacientes al ver por los corredores a un grupo de payasos”, afirma en tono jocoso que provoca hilaridad.

Con el paso del tiempo, el destino llevó por el mismo camino a Jorge Guerrero Morales, quien se unió a Amistad Club y desde la edad de 12 años sigue los pasos de su padre. Por su similar contextura física, pues mide 1,90 metros, y por ser hijo del “Arbolito”, a él lo llamaron “Ramita”. Por dos años consecutivos, ambos se disfrazaron juntos y esto Jorge junior lo considera como “imborrables regalos de cumpleaños”. Revisando un perchero en el que cuelgan antiguos trajes de payaso, pelucas, y las infaltables narices rojas, está consciente que todo evoluciona, empero, “Ramita” -como lo llaman sus amigos y conocidos- dice que “todo tiempo pasado es mejor”. Lo dice al añorar junto con su padre la rusticidad a la hora de elaborar los monigotes y donde no primaba el interés por los premios sino el gusto por participar. También recuerdan los dos desfiles de Inocentes que otrora se hacían por la céntrica calle Simón Bolívar y que luego pasaron a la avenida Solano. Hoy es un solo desfile por la avenida Huayna Cápac. En este punto, su padre lo interrumpe para observar que erróneamente a los payasos los veían como un tanto irrespetuosos ya que ejerciendo fuerza (léase empujando) tenían que abrir campo para el paso de las comparsas. “Antes usábamos las pesadas morcillas que hoy se cambiaron por paraguas, pero ante una multitud nos tocaba ser un tanto enérgicos”, afirma Jorge padre, al remarcar que los payasos también fueron objeto de bromas pesadas en época de Inocentes. Un día se acercaron unos espectadores de las Mascaradas y les brindaron lo que dijeron era un “canelazo”. Al beber del contenido, el rostro fruncido y la lengua medio salida en señal de vómito delataba que aquel brebaje no era un “draquecito” sino agua con sal y algún otro aderezo de origen desconocido.

Un perchero en el que se conservan los trajes utilizados en ediciones anteriores de los tradicionales concursos de Monigotes e Inocentes se guarda como un tesoro en el hogar de los Guerrero.

A la tertulia se suma Juan, el quinto y último hijo de Jorge Guerrero Vintimilla. Él nació en 1996, creció con esa imagen alegre y festiva de su padre y hermano. Y como dice el dicho: de tal palo tal astilla.
Juan, quien mide 1,85 metros y a quien apodan “Hojita” también optó, a los nueve años de edad, por unirse al clan de payasos. Se mantuvo hasta el 2015 y debió alejarse por las responsabilidades propias de su hogar y profesión. La novedad que le revela a su progenitor es que este año volverá a lucir el traje de payaso, está decidido a continuar con esa costumbre familiar.

Jorge padre está orgulloso de sus hijos, en su caso descarta de plano volver a vestirse de payaso porque su salud ya no le permite estar mucho tiempo sentado y peor estar de pie.

Casi al terminar el diálogo, en los pasillos se escuchan voces de niños que corren, juguetean, van y vienen. Son los nietos de Jorge, y a la pregunta de si, en su familia, habrá una tercera generación de payasos, responde que “sí”. Al menos uno de ellos, retoño de Juan, está en esa línea de sucesión y en el futuro podría convertirse en uno más de la dinastía de Los Guerrero, herederos de tradiciones. (I)

Jorge Guerrero Vintimilla sujeta uno de los primeros disfraces que vistió como uno de los payasos que, en los barrios, prenden las celebraciones de fin de año.

MÁS DETALLES

– Inicialmente, según Jorge Guerrero Vintimilla se disfrazaban de la selección de básquet del Azuay, Telebingo (antiguo programa de TV), de las cachiporreras del Garaicoa o de hawaianas.
– En los primeros años se repetían dos, tres y hasta cuatro veces el mismo traje de payaso, luego se tomó la decisión de elaborar uno nuevo, con distinto motivo, cada año.

– El concurso de Inocentes anteriormente tenía un escenario en la plazoleta de Santo Domingo. Hubo una ocasión en la que el recorrido llegaba hasta San Sebastián, pero resultaba muy extenso.

– Actualmente son 15 los payasos, hay hijos de fundadores de Amistad Club cuyas edades oscilan entre los 30 y 40 años. Para Jorge Guerrero Morales la mejor fiesta es la del 31 de diciembre.

Por: Diego Montalván S.
dmontalvan@elmercurio.com.ec
Fotos: Luis Cobos
El Mercurio-Cuenca