Alquimia espiritual

Alberto Ordóñez Ortiz

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De caída en caída, aprendemos a levantarnos. Toda caída es una lección. Una venturosa lección. A su conjuro es como aprendemos que nada está demás en la vida. Que hasta las caídas sirven. Que todo tiene una dirección. Un sentido. Un propósito. Que los errores enseñan posiblemente más que ningún maestro. Son la piedra de tope de todo proceso de depuración. De elevación a planos superiores. De allí que se hace imperativo mantenernos en permanente esto de alerta si queremos descubrir el lugar que nos corresponde en la inmensurable lista de la existencia. Aprender a distinguir entre lo útil y lo inútil contribuye a quitar las piedras del camino. A desembrazarnos de lo zafio. De lo ordinario.

De lo burdo. Para, así, aligerar la carga, que es, la que detiene nuestro avance. O. Lo retrasa peligrosamente. Mientras más liviana sea, más pronto coronaremos la cumbre. El viento arriba es fresco. Como ningún otro. E insufla luz. La del conocimiento. A esa altura, el aire se vuelve poco necesario. Sirvió en su momento para escalar las pendientes. Desde esa cima es posible ver las cargas superfluas que anduvimos a llevar y que tuvimos la entereza y sabiduría de dejarlas en el trayecto. Aunque nos haya dolido hacerlo. Porque el hipnótico apego a los bienes nos hacen perder ecuanimidad, visión y perspectiva.

Las piedras preciosas pesan y, el oro, más. Pero si buscas tu elevación interior, pronto entenderás que todo lo material estorba, por más [precioso] que sea. Si no lo dejas atrás, la vacilación y el zigzagueo se volverá interminable. Y la cumbre, inalcanzable. Hay que decidirse y no olvidar que llegamos desnudos y que desnudos nos vamos. No hay alternativa que impida que la liturgia de esa ceremonia cumpla con su fiesta redentora. Y, digo fiesta, porque la culminación de la ceremonia presupone que llegará el día en que nos alineáremos con la vida y con los astros. Y, con ellos. Y, como ellos, sabremos, -llegado el momento-, que es la hora de danzar. Y no pararemos de hacerlo. Porque la fiesta del espíritu es inacabable.

Sólo entonces dejaremos de ser criaturas de barro y pasaremos a entender el profundo significado de las cosas. De reflejarnos en sus espejos y de inundarlas e inundarnos con su luz. Dejaremos atrás los puntos que nos desencontraban con el espíritu esencial, y sólo entonces, podremos iniciar el proceso de aproximarnos a los originales perfectos. En el entendido de que sólo podremos acércanos. Porque la perfección siempre. Inevitablemente, estará un paso por delante de nosotros.

La vida es alquimia. Es el cambio de un estado inferior a uno superior. Desde los primeros homínidos hasta nosotros y, sus consiguientes saltos cualitativos. La evolución -una de las formas de la alquimia- subraya el hecho de que todo avanza en espiral. Buscando siempre lo más alto. De allí que el apego material en todas sus catastróficas expresiones ha significado un peso muerto y un doloroso e incuantificable desvió de la ruta.

Estamos entonces en el punto de entender que la vida es una oportunidad para elevarnos o hundirnos. Que la elección siempre fue nuestra. Tuya y mía. Mía y tuya. A exclusividad nuestra. (O)