Galo Torres: “Mi conclusión es que, desafortunadamente, los poetas no saben bailar y eso, a mí, me parece que es muy, muy triste…”

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Galo Torres

Galo Torres es uno de los poetas más importantes del país. Artífice de la lengua, es, además, traductor y crítico de cine. En su labor docente, Galo trabaja con disciplina y entrega para con sus alumnos, abordando la docencia como, me parece, aborda su trabajo creativo: con transparencia. Sus textos son una muestra de la cadencia, del ritmo que se hilvana entre imágenes sugerentes, familiares, cotidianas, pero revestidas de una profundidad que reta al lector que se atreve sobre esos poemas que desencadenan encuentros y desencuentros, que nos llevan por los vericuetos de las búsquedas personales del autor y los universos que teje para cifrarlos.
Para empezar y abusando del lugar común, ¿qué significa escribir poesía?
Es una cosa entre voluntaria e involuntaria… Yo tiendo a creer que la “inspiración” realmente existe; pero habría que decir, exactamente, qué significa. El tema de los sueños para mí es de absoluta importancia, porque muchas cosas han venido desde el sueño: palabras, frases, imágenes. Por ejemplo, ahora ando con una frase que salió en un sueño y creo que va a ser el nombre de mi próximo libro: “a la cacería” o “a la caza del animal fabuloso”, todavía no sé cómo voy a jugar con las palabras. En ese sentido, yo creo en el mundo onírico mezclado con la experiencia vital. No hay un método, sino que van saliendo cosas que, por supuesto, se someten a un trabajo sobre el lenguaje: el lijado, el lacado, que puede tomar mucho tiempo. Tienen que haber varios niveles en el texto: conceptuales, sonoros, estructurales… He dicho muchas veces que soy un lector antes que escritor y vuelvo todo el tiempo a confirmarlo: soy un lector y, extrañamente, leo más narrativa, pero cuando la leo me permite estar en contacto con las sonoridades y otras formas de construcción. Y una cosa última que quisiera subrayar es el tema de la experiencia vital: me parece que solamente en la medida en que podamos asimilar la idea de que el cuerpo participa en el proceso creativo, estaremos dando cuenta de toda la posibilidad. Yo creo que la poesía tiene que conectar con el mundo y me he preguntado cómo. Y me he dado cuenta de que la única posibilidad es que mi cuerpo establezca conexiones con los otros cuerpos, y así, estaré conectándolo con el lenguaje. Tú me preguntaste qué siento al escribir poesía: es el asombro cotidiano, el asombro frente al otro, frente a la vida.
Siguiendo a Vygotsky, cuando te enfrentas a un texto poético, el lenguaje empieza a tomar caminos que no esperabas, que no estaban planificados. Digo esto a propósito de tu último poemario; hay momentos, me parece, en que una imagen se independiza y se empieza a desarrollar con un ritmo propio…
A un texto lo controlas hasta cierto punto -crear los espacios, procesar ideas, emociones-, pero luego está suelto-. A mí me encanta la idea que plantea Derridá: “yo he leído muchas veces a Platón, sin embargo, sé que soy un principiante en Platón…”. Yo creo que leer es volver a leer y escribir es volver a escribir. El texto, en la posproducción, se juega entre tu capacidad y el azar: de pronto una línea te llevó a otra y perdiste el control; tú querías decir esto, pero la forma en que lo planteaste se lee con una cierta ambigüedad. La riqueza de la semiosis. Creo que todo texto es siempre susceptible de relecturas porque tú mismo, lector, vuelves a encontrar otras cosas que no viste antes…
La semiosis en la apertura que el signo poético permite. Schopenhauer decía que, para estudiar al hombre, habría que estudiar la poesía que ha producido…
Yo no sé si dices de la poesía que ha escrito o la poesía que ha producido, porque ojo, acabo de hablar de las versiones oficiales y del logocentrismo; es decir, la palabra también puede convertirse en una versión oficial. Es decir, la palabra es la que define todo el campo del conocimiento, como la filosofía ha pretendido legislar en las ramas del conocimiento. A mí me parece que eso es muy peligroso. Estamos hablando de poesía ahora, pero qué tal si después nos pasamos al cine, a la pintura, al arte contemporáneo, que son otras formas en que el hombre ha creado significación. Yo creo que una de las cosas terribles que nos ha pasado es aislar esos campos. Ahí viene otro concepto, el tema del nomadismo; así, en la medida en la que logremos escapar de los centros y su concepción binaria del mundo podremos desubicar todo eso y convertirnos en nómadas. Yo siento que eso es una especie de signo de los tiempos, un patrón cultural. Entonces, el nomadismo: ir de un lado al otro, en permanente movimiento, para volver a un centro relativo que puede ser la escritura, la creación teatral, la creación cinematográfica, pero vas y vuelves o pasas por una serie de conocimientos, de experiencias estéticas, de experiencias vitales.
Tocaste un tema que me conflictúa… ese nomadismo entre diferentes formas de expresión que, al momento de pensarlas, lo hacemos a través del lenguaje. Los semiólogos dirían que no vivimos una experiencia verdadera, sino que está y siempre va a estar permeada por la palabra.
La experiencia del arte contemporáneo es muy aleccionadora en este sentido: tratar ciertas alertas contra el logocentrismo; es decir, la dictadura de la palabra. El ejemplo de Duchamp es clave: agarras un objeto del mundo, lo sacas de una institución, lo llevas a otra y allí aquiere otra dimensión de significados. En el campo de la poesía, por ejemplo, hay un momento en el que Dávila Andrade somete al lenguaje a unos forzamientos que dices: “está a punto de descuartizarlo”; en los poetas concretistas brasileños: ¿cómo lograron forzar el lenguaje casi, casi hasta hacerlo chillar? O sea, mira, vamos a seguir escribiendo, pero creo que debemos estar conscientes de que hay otros lenguajes de creación artística. Y yo creo que si no podemos hacer cine, al menos seamos cinéfilos y contaminemos nuestros textos; si no podemos hacer escultura o teatro, estar atentos a las formas…
Entre Cuadernos de Sonajería y Fila india, tu primer y último poemario, se evidencia un cambio en el lenguaje de una expresión críptica, distante, hacia una reconstrucción de espacios íntimos, más amables…
Sí. A ver… creo totalmente en el devenir, en la metamorfosis permanente. Cuadernos de sonajería fue el fruto de mi conocimiento del Barroco; es decir, Sarduy y Lezama se convirtieron en referentes y, claro, ese libro fue concebido en una ebriedad barroca que se ha temperado, pero que no ha pasado. De hecho, mi último libro es sobre el cine neobarroco en América Latina. Cuido mucho el lenguaje en los libros que he escrito, pero no quiero ser críptico; ahora creo que soy muy transparente. Cuando vas madurando hay una especie de transparencia (…) el juego es importantísimo en mi vida. Jugar, en todo el sentido de la palabra, como en la noche juegas, bailas; hasta los juegos más serios, digamos, con el lenguaje. Tengo 56 años y, por supuesto que tengo problemas, pero en general siempre he sido un hombre muy sereno que tiene, a veces, dificultades con algunas personas, ambientes o ideas con las que sí entro en confrontación, pero en general soy un espíritu asombrado con la vida, una especie de devenir niño: el asombro permanente frente a todo, el asombro que me permite, a pesar de todo, estar sereno.
Al leer poesía, me pregunto si el autor se preocupa más en la imagen o en el ritmo, siempre me pasa. Al leer Fila india, me pareció que están amalgamados, como entrar en una escena teatral familiar que, en un momento, se abre hacia algo más profundo que lo que está siendo visual en el poema, eso me impresionó.
El poema es una estructura, un sistema con una serie de componentes que has aprendido a manejar -o crees haber aprendido-. En la poesía contemporánea lenguaje está liberado a su propio destino, a su propia atonalidad; sin embargo, eso no significa que se haya perdido esa dimensión, se transformó en otra cosa. El verso libre también tiene sus exigencias: tú sientes las pausas, los ritmos. El tema de la imagen, las metáforas, también está allí. De hecho, mi sueño es una suerte de imágenes. Siempre ha sido así: el texto comienza como un rostro, una máscara y después se cubre de muchas más.
En cuanto a la crítica de cine, ¿procuras llenar un hueco en una suerte de historiografía del cine? ¿Qué del cine está en tu poesía?
No sé, de pronto un par de textos. Pero, fíjate, si me pongo a ver realmente, creo que el cine no está operando directamente en mi poesía. El cine es la parte del ocio en mi mundo creativo porque es la del real disfrute, del placer gratuito. La poesía en cambio es el trabajo. El mundo de lo productivo que es en el que hay que ganarse la vida; el otro es, en cambio, el placer de la dilapidación, del derroche. Yo creo que, en ese sentido, no habría estrictamente una relación entre mis textos y el cine; hay referencias, sí, pero siempre indirectas. Es como que, yo no sé por qué, hubo una especie de separación entre esa parte de mi vida maravillosa, placentera… las películas son eso, aunque es interesante porque el ocio también hay que hacerlo bien, no hay que “hacerlo no más”, hay que hacerlo rigurosamente. O sea que la poesía es mi lado serio y el cine es mi lado guasón. Eso me preocupa, ahora que lo digo, porque creo que una de las cosas terribles de la poesía es “tener”… es decir, se ha canonizado como un discurso de la seriedad. Te voy a explicar con un textito que acabo de escribir sobre una película argentina que se llama El lado oscuro del corazón, una película que me gusta (no es la gran película, pero está bien) en donde hay una escena capital: cuando el poeta va al matrimonio de su amigo, todos están bailando y el poeta no. Mi conclusión es que, desafortunadamente, los poetas no saben bailar y eso, a mí, me parece que es muy, muy triste. Y eso no lo digo yo, eso lo dijo Nietzsche en el siglo XIX, un filósofo que no baila, ¡qué está haciendo!: “solo podría creer en un dios que supiera bailar”.
En cuanto a la traducción… creo que fue Ortega y Gasset que decía que es un ejercicio que no debería hacerse.
Sí, realmente estoy de acuerdo con esa frase, lo que implica que deberíamos leer a todos los autores en su lengua, que es el ideal. Pero nosotros sabemos cuán lejos siempre el ser humano vive del ideal. La traducción es estrictamente necesaria. Mira, en estricto he publicado cinco poemas traducidos, y yo no sé si más que hablar de traducción en mí, debería hablarse de una especie de afición. Entonces, yo creo que eso de la traducción es un mito que se han inventado mis amigos en torno a mí y que más bien es un amor profundo, una afición profunda por los idiomas, que es otra cosa de la niñez.
¿Qué opinas del estado actual de la poesía y del cine ecuatoriano?
Yo creo que, en todo momento, siempre, hay cosas. No creo que el pasado fue mejor, simplemente fue. En este momento se está escribiendo la poesía que leeremos mañana. En el Ecuador es fabuloso lo que está pasando, en Quito, Guayaquil y en otros lugares. Aunque me preocupa Cuenca, en donde hay un vacío. Podemos encontrar muchas explicaciones, pero prefiero asumir la responsabilidad, es decir, creo que nosotros hemos tenido la oportunidad de hacer un par de cosas y no estamos replicando lo que los otros hicieron por nosotros. Con Jorge Dávila somos amigos y creo que nos amamos y odiamos al mismo tiempo, pero Jorge fue fundamental con su apoyo: me regaló libros, creyó en mí… No es que vamos a formar escritores porque eso no es posible. Sin embargo, creo que el escritor es una minoría absoluta y todo lo que hagamos para encontrar a ese lector minoritario estaría bien: crear espacios de lectura, de escritura, de corrección…

Levantamiento de texto: Soledad Corral
Entrevista y fotografía: Tuga Astudillo