Renuncia

Catalina Sojos

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En un espectáculo propio de aquella inefable caricatura “la noche de los giles” de nuestro querido José Edmundo Maldonado, corrieron los ministros a buscar el grillete electrónico de aquel que se enriqueció cada sábado durante diez años de un tiempo infame y no olvidado. Y los giles comenzamos a reírnos, con esa risa sardónica propia de los que reciben el desprecio y la burla permanente de los poderosos. Y desde Carondelet nada se dijo, con la táctica de aquel que se esconde en el tiempo, hasta que las aguas bajen. Entonces saltaron los asambleístas en pro de un juicio político que les otorgue réditos electorales. Aquellos de las rupturas de los 25 hoy de la 35, callaron igualmente y buscaron nuevos escándalos que tapen la red que sostiene el andamiaje. Así las cosas los giles seguimos riendo, con lágrimas en los ojos, porque el pez demasiado gordo para estas aguas tenebrosas se declaró, para variar, perseguido político en un país amigo. La historia de las mediocridades se repite, las crónicas de la corrupción son las mismas, los laberintos continúan. Sólo una cosa ha cambiado; la renuncia irrevocable del pueblo ecuatoriano a través del sarcasmo, la indiferencia y el hastío a todo aquello que apeste a política y desgobierno. Y puesto que de nada sirve reírnos en la cara de cuero de los cínicos, tenemos la obligación de ponernos serios y obligar, de alguna manera, a que adquieran algo de pudor aquellos que tejen la alfombra roja para la huida de los poderosos.