Una atractiva novela juvenil

Jorge Dávila Vázquez

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Presentada en el marco de la FIL, la Feria Internacional del libro de Quito, SOLES NEGROS (Col. Juvenalia, V&V Editores), la novela juvenil del escritor español Alfredo Gómez Cerdá, creador de nutrida obra literaria, es muestra de una variedad de temas que son del interés de todos, y que el autor capta con agilidad, comprensión e incluso sentido del humor, en un relato que apasiona.

El argumento es más bien simple: dos hermanos, jovencitos, Rafael y Guillermo -que a lo largo del relato solo serán designados por sus diminutivos, Rafa y Guille-, quedan solos en Madrid, mientras sus padres toman unas cortas vacaciones en Inglaterra.

El problema es que hay una singular atracción, que va a modificar radicalmente la vida de los muchachos en la semana londinense de los progenitores: el auto nuevo de papá, casi un talismán, flamante, intocable, sobre el que pesa la vieja prohibición edénica del fruto prohibido. Por supuesto, el deseo y la necesidad serán más fuertes que toda interdicción.

Estefanía, evaluada por Guille como insoportable, la novia de Rafa, ha ido a veranear en un balneario, y el deseo de verla de Rafa es tan fuerte, que el enamorado decide hacer el viaje en la “fruta prohibida”, ante el terror de Guille, que no solo teme todos los males y accidentes y calcula la reacción paterna, sino que, como Uds. ya lo han adivinado, detesta a la muchacha. Es muy simpática la actitud de hermano mayor que toma el pequeño, cuando el viaje es inminente: “No corras mucho. Ten cuidado con los adelantamientos, y sobre todo con los camiones… Si el parabrisas se llena de mosquitos, paras en una gasolinera y lo limpias bien, hay que tener una buena visibilidad…”

Ya es una complicación, para la breve convivencia fraterna, este uso indebido y no autorizado del vehículo, solapado con piadosas mentiras telefónicas, pero el problema se agudiza cuando el galán es mal recibido en la playa por la chica, la que ha iniciado un tórrido romance veraniego, que no tiene pudor de exhibir ante el dolido y desconcertado Rafa, que, cansado y todo, decide volver de inmediato a Madrid.

A su retorno amargo hacia la casa se detiene a comer algo en un sitio que en apariencia es un restaurant de carretera, pero cuya condición real es otra: un lugar de citas en el que se dan encuentros entre hombres que están de paso y atractivas muchachas africanas que “trabajan” allí.

Pese a la fatiga, Rafa se interesa, y aun obsesiona, por una joven, diferente el resto, Jenny, a la que el narrador, que no es otro que el inefable Guille, le atribuye “los ojos más bonitos del mundo”, los “soles negros” del título de la novela. Realmente, más allá de la transgresión al usar el coche, de la ruptura con la casquivana Estefanía y de la consiguiente fatiga del protagonista, pienso que el drama del libro empieza aquí.

Lo demás, intrigando, interesando, apasionando al lector, es la búsqueda de Jenny, y el descubrimiento cada vez más pavoroso de la condición de los inmigrantes y, sobre todo, de las muchachas bonitas, objeto de ese oscuro comercio que es la trata de personas.

Conmociona el descubrimiento de estas oscuras realidades, parte del mundo actual y del oscuro fenómeno de la migración, mas, queda la esperanza de que jóvenes idealistas, tenaces, busquen un cambio. (O)