Señor de la vida…

Simón Valdivieso Vintimilla

513

Señor de la vida y señor de la poesía. Así lo describe Marco Antonio Rodriguez al amigo Jacinto Cordero Espinosa a quien recordamos hoy como lo hicimos desde el primer momento en que conocimos de su partida al Oriente Eterno, a ese espacio al que siempre se refirió en su poesía profunda.
Y es que la muerte cosecha sus racimos negros, escribió el poeta. Si todo torna, muere y renace en el círculo…Porqué solamente nosotros, animales acongojados, acorralados de soledad sabemos que vamos a morir y no regresar nunca y soñamos en un Dios que no muere como nosotros, con el cual tal vez volvamos.

Y es que los amigos se van porque no queremos que se vayan sino porque tienen que irse, como cuando la muerte les sorprende. Y claro en homenaje a la amistad con “El Poeta de Cuenca” como lo describió Francisco Tobar García, me permito evocar lo que en un momento borroneé. Dije, hace algunos años que el poeta es un espía de Dios, y es una frase que se atribuye a Shakespeare, y que la tomé prestada para hablar de la poesía de Jacinto Cordero Espinosa. Y es que Dios es el más grande de los poetas, porque la vida es su creación, ergo, la vida misma es una poesía constante de la que los vates se nutren.

Hoy, el Poeta de la Metáfora, ya no está, pero está su poesía, esa poesía que ha escrito en su estancia en la tierra; la tierra que tanto él amó y que fue el basamento sobre el que se levanta su poesía. Cuando leemos al amigo, al entrañable profesor del aula universitaria, nos encontramos con un ser humano que escribe con un lenguaje especial; no es la palabra del día a día, la palabra de lo cotidiano, sino es el verbo cargado de sabiduría, pues la sabiduría se encuentra en la naturaleza; esa naturaleza que sirve de fuente de inspiración para escribir un poema para el hijo del hombre, por ejemplo.

Su poesía es una oración a la vida, es la plegaria a la naturaleza, es el idioma, la lengua de Dios, porque sencillamente eso es la poesía buena, pues allí están los episodios de nuestra existencia cantados a través del magistral uso de la metáfora, figura literaria de la cual, el Poeta de Cuenca es uno de sus máximos representantes.

Jacinto Cordero Espinosa, camina erguido por el Centro Histórico, pasa por las tiendas de antigüedades, visita la Casa de la Cultura, su otra casa, y cuando escribe, insiste en ratificar su vocación de poeta que disfruta de lo que hace, que se deleita convidando sus metáforas, como cuando de la noche dice es el inconmovible telar de la desaparición que aman los desvalidos seres de la sombra; y también cuando dice que la neblina extiende su blanco manto de soledad, su mortaja andina que sepulta a los seres y las cosas.

La noche andina borra los caminos y pasan los arrieros con sus recuas de sombras hacia pueblos abandonados, y los perros aúllan a los fantasmas de antiguos viajeros. Es hora de rezar por los caminantes, los agonizantes, los navegantes y los que morirán esta noche, sentencia el poeta, y por eso a la madre le canta: los caminos de tu ausencia se han perdido, y la sombra ya no dibuja tu figura amada.

En la poesía hay más verdad que en la historia había sentenciado Aristóteles. Y justamente eso es lo que sucede con el legado literario de Jacinto Cordero Espinosa, ese escultor de la palabra, que la diseña, la moldea y le da el soplo de vida con lo más íntimo suyo. El poeta es un poblador perenne aunque la muerte lo haya alcanzado. Su poesía está viva como viva está su amistad. (O)