Algo huele mal en Ecuador

Edgar Pesántez Torres

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La fetidez no es de ahora, es de mucho tiempo atrás; sólo que desde hace una docena de años los desagües y las alcantarillas se han obstruido y por consiguiente el tufo de la corrupción ha llegado a hedores que remueven la barriga. Para disimular los efluvios que en oleajes asoman semanalmente, los contagiados quieren aromatizarse fumigándose sobre la ropa, sin darse un baño de verdad y menos dejando sus asientos para que se ventile las oficinas de gases tóxicos, que enferman a la sociedad.

Yuxtapongamos el nombre del Ecuador para sustituir al de Dinamarca y así jugar carnaval en una lluvia pertinaz. Es verdad que el olor penetrante y pútrido sale de la cloaca burocrática con la misma intensidad y frecuencia de las personas indigestas o del humo que botan, asimismo por atrás, los vehículos, fábricas y negocios que bien lubricados les tienen a inspectores y más interventores. Estos olores sulfhídricos hacen recordar las palabras del drama shakesperiano que dice relación a que “Algo huele mal en Dinamarca”.
Había una vez un perrito que se deshizo de su atadura y corrió asustado pero libre sin rumbo cierto, con tan mala suerte que en la extensa hacienda de su amo, en donde existían diseminados estercoleros y pozos sépticos, no pudo salir pronto y en un momento dado se mareó por la carrera zigzagueante y la pestilencia y cayó en una de las ciénagas. De no mediar la voluntad y el cariño de su amo, que estuvo dispuesto a sustituir su vida por la de él, perecería en pocos minutos más a su inminente naufragio.

Viene a cuento esta anécdota para confrontar con lo que está sucediendo en la realidad ecuatoriana. Si Shakespeare presagió las impudicias que se percibían en ese país luterano y el perrito no pudo evadir las trampas campestres, aquí en el Ecuador toma vigencia las premoniciones de Marianita de Jesús, y ya ni siquiera los felinos de solera pueden eludir el inmenso lago de latrocinios en que se ha convertido la burocracia desde hace una docena de años. Sólo hombres como el del perrito, dispuestos a entregar sus vidas, podrán hacer reventar el dique de la podredumbre en que han caído las funciones del Estado. Quizá buenos ciudadanos con personalidad honesta y valiente como el que dirige el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social Transitorio, podrían librarnos del siniestro.

Hace muchos años, iniciando sus funciones de Contralor General del Estado y enterándose lo que acontecía, Juan Carlos Faidutti, espantado señaló: `Por donde se asienta el dedo emana pus’. Ni más ni menos dirá el actual Contralor Pablo Celi, mientras el Fiscal General del Estado (E), Raúl Pérez, estará como el perrito de la leyenda, sin saber por dónde evadir la pestilencia de los de ayer y hoy.

Estos perritos deben ser socorridos por gente que quiera que no fracasen y que limpien los abscesos que conducirán a la septicemia del país. Ya no más escándalos ni “comisiones investigativas”, hay que actuar sin aspavientos sino con diligencia. El pueblo está harto de que le cojan del pelo, quiere ver eficiencia en la justicia más que escándalos, porque como están actuando, lo único que hacen es ir tapando las corrupciones del día anterior. (O)