Una letra olvidada hecha canción

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Daniel Alberto Calle

No hay una fecha exacta. Tampoco cuántas letras de canciones escribió. Solo una ha quedado para el recuerdo. Y eso también porque sus hijos, al igual que él, la cantaban, y de tanto repetir y repetir en serenatas, en las cantinas, en las noches de bohemia entre amigos o por pedido de las novias, se quedó guardada en algún rincón de la memoria.
Se trata de la canción “Grabado en mi alma”. Fue escrita por Daniel Alberto Calle hace 70 o 72 años en ese entonces en el viejo pero añorado Chaguarurco (Cerro de Pencos, en quechua), hoy Santa Isabel, a donde llegó desde Cuenca “por esas cosas del destino”.
Ahora, por la perseverancia de su hijo Marco Vinicio, “Grabado en mi alma” está registrada en la Dirección Nacional de Derechos de Autor y Derechos Conexos, cuya certificación data del 8 de agosto de 2018.
Esa Dirección reconoce como autor y titular a Daniel Alberto Calle, y la clasifica como “obra literaria inédita”.
Marco Vinicio, para remozar la musicalización de la letra, por intermedio de un amigo suyo, Manuel Idrovo, encontró un buen aliado: un artista de la guitarra muy reconocido en el país: Víctor Armijos.
De esa forma, “Gravado en mi alma”, en ritmo de pasillo, es la primera canción de su CD titulado “Recordando la música de mis padres”.
El hijo de Daniel Alberto destaca el arte de tocar la guitarra de Víctor Armijos. Y mucho más el que plasmó en la “pista” para musicalizar la letra de la canción escrita por su padre.

A Daniel Alberto Calle, nacido en 1929 en una casa ubicada en la calle Larga y Benigno Malo, y bautizado en la iglesia de San Blas, en Cuenca, siempre, siempre le gustó la música; también la mecánica.
Por lo que cuenta, claro que ayudado por las remembranzas de su hijo, la música y la mecánica, nacieron con él. Se diría que son parte de su ADN.
Tocaba la guitarra, también el acordeón (aún lo conserva), y cantaba. No solo eso: quién como él para hacer reír; buen contador de cuentos y cachos, muchos improvisados con base a mínimos detalles de la vida cotidiana de amigos, vecinos, y más.
Criado con sus abuelos, Daniel Alberto, cuando tenía entre 16 o 17 de edad migró a Santa Isabel. Lo hizo, primero junto con unos amigos en bicicleta, cuando la vía Cuenca-Girón Pasaje no era más que una simple trocha. Fue todo una proeza.
Ese viaje, se diría que fue una aventura. Pero las aventuras no siempre vienen solas. Allí conoció a Eduviges, la que luego sería su esposa. Procrearon cinco hijos.
En la Cuenca pequeña de los años 20 y 30 del siglo XX todos se conocían. Ni se diga a Daniel Alberto por su oficio.
En aquella época, en el Valle de Yunguilla (temido por el paludismo) los hacendados debían traer los trapiches dañados a Cuenca. Esta necesidad les tomaba varias semanas. Mientras las moliendas se paralizaban.
Uno de sus amigos le comentó esta realidad a Daniel Alberto, realidad que él, de inmediato le convirtió en oportunidad de trabajo.
Así que con novia propia y trabajo, Daniel Alberto Calle, que para entonces ya perdió a sus abuelos (su abuela murió a 105 años de edad en Ambato), se radicó en Santa Isabel.
Allí montó su mecánica: desde componer trapiches, hasta soldar con estaño los platos para la comida, pasando por templar en la fragua barretas, lampas, y, como dice su hijo, “hasta componer un reloj; pues, qué no habrá hecho él…”.
Don Daniel rompe el silencio para recordar que las masas de los trapiches las fundía para volverlas “a dejar como nuevas”. Esas grandes masas de acero en cuyo movimiento giratorio se exprime el jugo de las cañas, que enseguida se convierten en bagazo. También ya son parte de la historia; al igual que el de muchos trabajadores (moledores los llamaban) cuyos brazos quedaron mutilados.
Dice que a veces recuerda algunos párrafos de las canciones que escribía, cuyos papeles también no son más que recuerdos. Y lo son en su ya frágil memoria, afectada por un quebranto cerebral.
Mientras su padre trata de evocar esos recuerdos, su hijo Marco Vinicio irrumpe para rememorar que cierto día de algún año, “arrumado por allí”, don Daniel Alberto encontró la letra de “Grabado en mi alma”, escrita cuando joven.
Desde entonces, con su voz de tenor y su guitarra comenzó a cantarla improvisando notas musicales en ritmo de pasillo. Era, en esos tiempos, la petición especial de sus amigos para que la cantara entre copas, en serenatas, en las fiestas de los hacendados, sus asiduos clientes.
Escuchando a su padre, Edgar (el otro hijo) y Marco Vinicio también comenzaron a cantarla. Quedó grabada en los ahora ya viejos cassets.
Pero llegó el día en el que Marco Vinicio logró que el maestro Víctor Armijos le diera “pista” propia a “Grabado en mi alma”, que ya tiene derecho de autor y está en primera fila de su CD.

“Otro sería el cantar” si don Daniel Alberto hubiera guardado las letras de otras canciones que escribía, seguramente entre los ruidos y chispas de su taller, o cuando solitario en la vieja planta a diésel que a mediados del siglo XX daba energía eléctrica a Santa Isabel.
Se hizo cargo de esa planta por recomendaciones de otro, cuyo nombre no recuerda. Asumió la responsabilidad acaso sin saber que casi ya no servía; pues el pueblo pasaba más tiempo en tinieblas que con luz.
Medio en serio y en broma rememora que un concejal de la época, al enterarse que él dijo que reparará la planta, comentó a terceros que de ocurrir esto “se cortaría el pescuezo”.
Cuando “se hizo” de nuevo la luz, Daniel Alberto fue llevado por Segundo Durán Prado (+) donde el concejal (+) para que supiera de la “buena nueva”.
Sin mayor reacción el concejal no pudo menos que felicitarlo. Pero don Segundo, según cuenta ahora don Daniel, le dijo algo así: “No venimos para que lo felicites sino para que cumplas con tu palabra y te cortes el pescuezo”.
La faceta de mecánico de Daniel Alberto se completa por ser uno de los primeros que se hizo cargo de la nueva “planta hidroeléctrica”, en cuyas instalaciones hasta dormía pese al tenas ruido.
Pero, por lo que cuenta, sobre este trabajo más tiene ingratitudes que buenos recuerdos.
El destino de don Daniel lo llevó a radicarse en Ambato, donde fruto de otro compromiso sentimental procreó otros dos hijos. Aquí, sus conocimientos de mecánica llegaron a su más alta expresión, sobre todo cuando por su habilidad y tenacidad materializó la idea de un norteamericano: que los hornos de pan puedan funcionar con diésel en vez de utilizar carbón o leña.
Y Ambato es la tierra del pan. Como dice Marco Vinicio: “Allí, si no eres músico eres zapatero, si no eres zapatero eres panadero. Tres oficios típicos en esa ciudad”.
Ha instalado alrededor de 50 hornos de ese tipo; al igual que “uno inmenso” para calcinar la piedra.
En Ambato también siguió con la música. Es más, se hizo de una Ford 600. Pero por su chispa de mecánico, su chispa para el trabajo, aprovechó el auge de orquestas que, contratadas, viajaban “año seguido” por todo el país, e incluso a Perú y Colombia.
Así que le adaptó exclusivamente para orquestas: asientos reclinables, televisión, armarios para que los artistas guarden sus ternos y sus instrumentos musicales.
Cuenta que algunas veces llevó a Don Medardo y sus Players; pero siempre a Los Ovnis, la mejor orquesta de Ambato, cuyo dueño se hizo de “esa entrañable Ford”.
Con esa Ford, conducida por don Daniel Alberto, esos músicos de la época tenían asegurado de que nunca vivirían la experiencia poco grata de “la vuelta del músico”. (F).

Texto: Jorge L. Durán. F
Fotos. Aida Zhingre D.
Redacción El Mercurio