Enigmas Davilianos 3

Jorge Dávila Vázquez

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Rincón de Cultura

Finalmente, un aspecto que tiene indudable carácter misterioso, es la relación que mantuvo el poeta con las ciudades en que nació y vivió.
Empecemos por Cuenca. Un muchacho brillante, que deja la secundaria en tercer año, para buscar un trabajo que ayude a la supervivencia familiar, y desempeña labores muy humildes y mal remuneradas, se enfrenta con su cuna, la “furiosa y maternal amada”, como la llama en un poema, de los pocos en que aparece la comarca natal.
El hecho de que no haya en todo el repertorio lírico de Dávila ninguna composición que honre a Cuenca, por la que tenía, indudablemente un hondo amor, pienso que es muy decidor. Y no es que falten textos de esas características, como la esplendorosa “Visión y elogio del Río Paute”.
El problema es que esa distancia del poeta con la villa, tuvo su contraparte, como dije en entrega anterior, perceptible en esa indiferencia de la urbe hacia él y su obra. Lo grave, pienso yo, es que las cosas no han mejorado sensiblemente.
Mientras Guayaquil y Quito se han abierto a la presencia de ALBAQUÍA, la exposición ejemplar sobre su vida y obra, acá solo se verá en la Universidad de Cuenca; en los otros sitios en que se planificó hubo problemas burocráticos, económicos, organizativos, un excesivo y vanidoso poder de algún mando medio, en una entidad, y , finalmente, nada. Una vez más, bien puede repetir en la eternidad: “esta tierra muerde como una loba ciega”.
Guayaquil, admirativamente celebrada: “Por tu alma en éxtasis de estrella fecundada. / Por la sal de tu sangre entre los ángeles, / blanquísima de amor y de futuro, / este canto, mi canto apasionado./ Esta canción es tuya, Capitana…!” Es, sin embargo, vista como un sitio tenebroso y terrible en “Ciudad a oscuras”, y el escenario nefasto de “Vinatería del Pacífico”. Olmedo Dávila Andrade dio quizás la clave de estos encontrados sentimientos. Joven aún fue a trabajar en la casa de un rico, deplorable y poderoso expresidente, que lo trataba muy mal, por sus “afanes poéticos”.
Quito lo acogió mejor, evidentemente, por obra de Benjamín Carrión y de los funcionarios y amigos de la naciente Casa de la Cultura, pero, como él mismo había optado por una vida en común “entre los ahogados más humildes en el Señor”, su visión de la capital, en sus cuentos, es bastante deprimente, sea en el marco del esplendor barroco de “La última misa del caballero pobre” o en la decadencia burguesa de “Aldabón de bronce”.
De Caracas, recuerdo una de sus cartas, ahora extraviadas, en que se quejaba de la indiferencia de la gran ciudad, y de sus nostalgias juveniles de la gente, la vida familiar y hasta de la comida cotidiana, a la que hacía todo un himno.
Mérida acogió su último gran amor, el que sintió por una artista veinteañera, cuando el bordeaba ya el tiempo de su muerte, pero no ha dejado ninguna evidencia literaria.
Todo esto se explica, ya en el plano literario, porque estaba casi del todo sumido en sus preocupaciones metafísicas y esotéricas.
Talvez hubo en estas líneas algo indiscreto, pero no hay que olvidar que la vida de los hombres públicos -entre ellos, los artistas- deja de ser, un ámbito totalmente privado. ¡Séame, pues, perdonada cualquier involuntaria falta de respeto a la memoria de Dávila Andrade! (O)