La vida: milagro supremo

Alberto Ordóñez Ortiz

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Los milagros están a la vista. En nuestro delante. Se nos restriegan en nuestros ojos. Y. Están allí. Incólumes e invisibles a la vez, pero, ocurre que, todos están o estamos ciegos. Y, sin embargo, los milagros se niegan a irse. ¿Acaso están a la espera de que recuperemos la vista? Lo cierto es que cada quien mira lo que quiere ver. Las orejeras impuestas por una sociedad empeñada en que miremos lo que ella quiere, impiden ver la fiesta que se ha prendido a lado y lado de nosotros.

No podemos escuchar sus petardos. Distinguir los globos o a las comparsas. Los conductores de esa sociedad impositiva, están tan embebidos de sí que yacen dentro de la torre de cristal que se fabricaron con hebras de su pomposa vanidad. Prefieren el resplandor de las monedas al de la celestial sinfonía que surge de la noche profunda. Así hay quienes se mantienen arrodillados frente a su descomunal ego. ¿Quién como ellos?. Se regodean al mirarse en el dorado retablo en que artificiosamente se colocaron.

Los cargas de incienso y mirra se disputan sus imaginarias alas. Para ellos, los faroles colgados de la bóveda celeste cuando el cono de sombra nos traga, simplemente no existen. Desde su concepción, bien podrían decir, el mundo soy yo. Los demás, son el resto. En buen romance, nadie.
No todo depende del cristal con que se mire. Sino de lo que se quiera ver o sentir. El milagro de la mariposa que creemos muerta y que alguien por el temor de que se vaya o por el de quedarse sólo y consigo le ha puesto bajo un alfiler y que, no obstante, restalla en nuestros ojos. El de la enredadera que cabecea aromas en tu ventanal. O la tarde cuando se llena de ecos y, en su tumulto de espejos, no sabes quien es de quien, para que tras un codazo de pinos y petirrojos, perezcas vencido de irrefrenable felicidad.

No hay para más. La vida es un milagro. Único e irrepetible. Y. No obstante, hay una cerrada negativa a verlo. Del óvulo fecundado tras una batalla -la batalla madre- de varios millones de espermatozoides en que unos se quedaron en el trayecto y otros tras una explosión similar a la del Bing Bang avanzaron reptando entre los coletazos primordiales del origen hasta la forja de la conciencia, hubo una coincidencia sucesiva de milagros que nos integraron al mundo y al Universo, en el que cada elemento jugó su milagroso papel. Cualquier falla nos hubiese dejado en el cementerio de los espermatozoides. No habríamos podido ver como la luz frente al prisma de la lluvia, se abisma. Y pone a hablar a los arco iris. Sin su milagro, nada nos habría sido revelado. Y habríamos yacido con los ojos cerrados. Como las piedras. Atrapadas por sus subterráneos sin fin.

No te dejes engañar. Entiende de una buena vez que sois el centro de todo. Que sin vos nada existe. Que todos los caminos convergen en tu torno. Que sois el centro ceremonial de todos tus encuentros y desencuentros. Cuando caiga el alfiler de la mariposa y ella se desintegre en una implosión de colores, será la hora en que metafóricamente hablando, concluirá el milagro de tu vida. No tendrás como regresar a ver. Hazlo ahora. Aunque te quedes ciego. (O)