Call Center

Andrés F. Ugalde Vázquez

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Desde luego el ánimo no es ser descortés. Y créanme cuando les digo que agradezco toda la consideración dispensada en los innumerables premios de los que cada semana soy el feliz beneficiario. Y sin embargo, debo decir también que me resulta bastante curioso, por decir lo menos, el ser considerado el importante cliente (VIP) de una tarjeta de crédito que no he usado en seis meses. Como me asombra el ser el afortunado ganador, a ritmo de tres veces por semana, de viajes y noches gratis en los más variados destinos turísticos.

Y más grande todavía es mi sorpresa, cuando veo que casi todas las personas que frecuento son objeto de la misma gentileza. Y me resulta curioso porque, al menos como yo lo recuerdo de cuando era chico, era rara la ocasión y eran pocas las personas que se sacaban un premio como un viaje o una cena gratis (precisamente por eso le dicen “premio”).
Dicho además, que los famosos premios, usualmente se entregan al módico precio de asistir a una cena, también gratis por supuesto, en algún restaurant de la ciudad. Una cena que, llegado el momento, no es ni tan cena ni tan gratis, porque demanda dos o tres horas de nuestro valioso tiempo ante un minúsculo snack (elegido de lo más barato de la carta) y frente a un insistente vendedor que termina por enojarse si uno decide ejercer su sagrado derecho a no comprar nada.

Así que, como yo lo veo, hay aquí dos alternativas: O soy el tipo con más suerte del planeta. O toda esta generosidad se reduce a simple publicidad. Una nueva e invasiva forma de publicidad (entiendo que le dicen “Call Center”), que el maligno ha inventado para arrebatar la paz y violar sistemáticamente la privacidad de los ciudadanos cuando están dedicados a cosas más importantes, como por ejemplo, su trabajo o su familia. Y esto lo dice quien, más de una vez, ha interrumpido cenas familiares o reuniones de trabajo para recibir la llamada de un insistente número desconocido, que uno contesta preocupado para escuchar, desde el otro lado de la línea, a una señorita de acento tropical indicando la inminente entrega de una “increíble promoción”.

Y dado el hecho de que ya he pedido de todas las formas posibles que borren mi nombre de sus bases de datos (y aparentemente no lo consigo), voy a probar haciéndolo por este medio: Estimados amigos detrás de aquellas gentiles y misteriosas voces, permítanme decirles que de verdad, en serio, no me interesa. Que no quiero viajes gratis. Que no quiero cenas gratis. Que no entiendo cómo va eso de la propiedad compartida. Que prefiero organizar mis propias vacaciones. Que no quiero pertenecer a un nuevo club. Ni quiero cambiar de auto. Ni quiero cambiar de plan de celular. Ni pienso cambiar de religión. Ni tampoco equipo de fútbol. Que estoy contento con mi vida y las cosas como van. Que quiero seguir siendo, si ustedes lo permiten, el mismo de siempre sólo que, ojalá, con un poco más de privacidad. Y que lo que sí quiero es que alguien me explique cómo es que tanta gente tiene mi número privado de teléfono celular. Por toda su gentileza, les quedaré profundamente agradecido… (O)

@andresugaldev