Las lecciones del pasado

Hugo Darquea López

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Alguien dijo que el pasado está fuera de lugar y que el futuro no existe. En realidad solamente contamos con el presente. Desde luego, el pasado es eso, tiempo ido pero de sabias lecturas, depende cómo lo valoremos y apliquemos a la vida, las experiencias que dejó y siguen llamando a nuestro sentido común, para saber apreciarlas y en el camino profundizar lo bueno y evitar o corregir todo aquello que implica el daño, la inconducta y la aviesa tentación de actuar en la línea de la seducción que ejerce ese gusano de la lujuria, porque esta palabra no es un aguijón exclusivamente sexual cuánto llamada al desorden de todo índole, tal ese gazmoño y a veces sutil enredado de codicia y avaro proceder, ya que el afán de poseer dinero, cosas y aún personas, se encuentra en la expresión directa de la distorsión ética del ser humano. Entonces es así que encontramos la razón de ser y vemos en su realidad cruda el cuerpo de la corrupción política y económica.

Degradación infame de la actividad económica y de la acción política, llamadas en esencia a organizar la sociedad, en la construcción de la dignidad humana y del bien común.
La más infame acción radica en la negación moral de nuestro sentido auténtico de la vida.
“Y vio que todo lo creado es bueno” Pero…. ¿Hasta dónde y hasta cuándo?
Aquí, en este tiempo o en estas épocas, para cada uno, en su intimidad, comienza la historia de su condición humana. Nosotros mismos tenemos la respuesta.

• Cabe traer a nuestra memoria los aportes de grandes personalidades de magistrados y estadistas como Vicente Rocafuerte. La entereza de García Moreno. La entrega de Eloy Alfaro. La visión social de Isidro Ayora.

• La honradez personal de Velasco Ibarra. La recta conducción de Galo Plaza. La convicción republicana de Camilo Ponce.

• La eficacia de Clemente Yerovi.

• La acción propositiva de indudable respeto a los derechos humanos de Oswaldo Hurtado y Rodrigo Borja.

• Sin aspavientos supieron cumplir su deber.
Fueron tiempos de leal servicio a las instituciones y a la condición y calidad de representantes de la buena fe ciudadana.

En este cuadro pongo de relieve una actitud y concepto de la vida protagonizado por el Doctor José María Velasco Ibarra. Sabido por todos de sus limitaciones económicas un grupo de sus seguidores unió esfuerzos para donarle una casa de vivienda, es así que responde a una carta que los señores Presidente y Vicepresidente del Comité JOSÉ MEJÍA le habían cursado en abril de 1945:

“Como les he manifestado repetidas veces agradezco sinceramente la buena voluntad de ustedes, pero yo no admitiré nunca esa casa. Yo he aceptado la Presidencia de la República por un deber de honor, por un deber para la Patria, y nada más. Quiero salir de la Presidencia tan pobre como entré a ella y terminar mis días confiando en el futuro, sin guardar dinero ni preocuparme de situaciones de bienestar material, a cada día basta su malicia, y espero tener lo necesario para morir con dignidad”
Lo transcrito ilumina una visión de cómo debe ser la vida de los políticos y de todos sin exclusión.
Cada quien saque sus conclusiones. (O)