Misterios de la música (2)

Hernán Abad Rodas

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El Coro Juvenil del conservatorio “Miguel Rodríguez” de Cuenca, como resultado de su participación en el segundo Festival y Concurso Internacional de coros realizado hace pocos días en Corfú Grecia, ha obtenido merecidamente en la categoría Folklor, diploma de plata, y en la categoría coro mixto diploma de oro (cuarto lugar), obteniendo de esta manera el pasaporte que le permite competir en las próximas olimpiadas corales a realizarse en Bélgica en el 2020.

Es mi anhelo que las palabras que escribo a continuación, sean las portadoras de mis sinceras felicitaciones para todos los miembros del coro antes mencionado, y a su directora María Eugenia Arias Maldonado.
Cuando escucho una bella melodía; pienso que cuando Dios creó al hombre, le dio la música como lenguaje diferente de todos los demás. El hombre primitivo cantaba su gloria en la naturaleza salvaje.

La música inspira a los poetas, a los compositores. Ella nos incita a buscar en nuestras almas, para encontrar allí el significado de los misterios descritos en los libros antiguos.

La música es el lenguaje del espíritu, su melodía es como la brisa juguetona que hace temblar de amor, las cuerdas de una guitarra.

Cuando los aéreos dedos de la música llaman a la puerta de nuestro sentimiento, despiertan memorias perdidas en las profundidades del pasado. Las tristes vibraciones de la música provocan en nosotros melancólicas nostalgias; y sus poéticos sonidos nos traen recuerdos placenteros.

La armónica voz del viento, el trino de los pájaros, el murmullo de los arroyos, constituyen una bella música, que despierta al hombre de su sueño, lo invita a incorporarse y a disfrutar de la gloria y la sabiduría de la naturaleza, hoy injustamente agredida por la codicia y la vanidad, de un mundo materialista recalcitrante.

El hombre actual, dotado de tanta tecnología, con todo su entendimiento, no es capaz de saber lo que cantan los pájaros, ni lo que murmulla el río, peor lo que susurran las olas cuando besan la playa lenta y delicadamente.

El hombre moderno, globalizado no sólo económicamente, sino lo que es más grave, psicológicamente, inmerso en un mundo consumista, con muy honradas excepciones, se ha vuelto incapaz de interpretar lo que dicen los dulces sonidos de la lluvia al caer sobre las hojas de los árboles, o cuando sus gotas golpean los cristales de las ventanas, no puede saber lo que la brisa está diciendo a las flores de los campos.

A través de la música, muchas veces el corazón humano nos llama en su ayuda, y el alma nos implora que la liberemos. Pero nosotros no hacemos caso de su llanto, porque no oímos y comprendemos la sabiduría eterna que habla frecuentemente en un lenguaje misterioso.

La música dulcifica los sentimientos, y la alegría cura los corazones heridos. Donde la pena y la alegría no existen ya, el espíritu del hombre es una tabla vacía, sin otra inscripción que los signos del egoísmo y de la codicia.

Acaso ¿no hemos llorado al escuchar los suaves sonidos de una melodía? ¿no son nuestras lágrimas un entendimiento elocuente, un sueño de nuestros corazones, un fruto del dolor, unidad de pensamientos latentes?
“La sabiduría eterna habla frecuentemente en un lenguaje misterioso: alma, música y naturaleza conversan juntas, mientras el hombre queda callado y perplejo” (Ling Yu Tang)

En verdad, creo que la música es el arte de pensar a través de los sonidos. (O)