Arqueología, identidad y turismo

Tito Astudillo y A.

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El patrimonio arqueológico de un pueblo, más allá de aportar certezas sobre su identidad, ahora, cuando la tecnología de la información y de la movilidad acortan y hasta borran fronteras, debidamente puesto en valor puede convertirse en un hito de presentación y una oferta turística de primer orden, ejemplos de lo cual abundan en el mundo y en nuestro país y región sin ser la apoteosis, existe y aporta en gran medida a la prestancia de un lugar y a la posibilidad de ser un atractivo a visitarse, lamentablemente existen componentes arqueológicos que no han sido debidamente conservados, más bien son postergados o motivo de indiferencia, por no decir desconocimiento, porque aunque sea un minúsculo grupo, si los hay que conocen y se interesan por su destino, lo que no avanza, y muchos de estos bienes culturales se van borrando de la geografía local por acción del tiempo, del abandono y la destrucción consecuente.

Es el caso de las ruinas arqueológicas del Valle de la Soledad, al pie del Mirador de Mullupungo, en los calientes de Pucará, valle circundado por una cadena montañosa que se desprende de la Cordillera Occidental a manera de secuencia de cumbres: Cerro Koro, Huasipamba, Quezada, Pencal, Pólvora, Tigreros y Huacas, vestigios estudiados por una Misión Arqueológica de la Universidad Tokai, de Tokio Japón, presidida por el arqueólogo y especialista en Cultura Inca, Suichi Odaira, quien se lamentaba: “si los españoles hubieran tardado 30 años en llegar, aquí tendríamos un gran centro turístico”, para ponderar la magnitud del centro administrativo y ceremonial que los incas levantaban en este sitio, que permaneció inconcluso por la Conquista y fue ignorado por la Colonia, lo que habría garantizado un buen estado de conservación. Los Incas con la ocupación de Mullupungo encontraron una nueva ruta al sur de la Costa Ecuatoriana en cuyo mar recogían la Concha Espondilos muy apreciada como elemento ritual y ornamental. Aquí construían un centro ritual de grandes proporciones con trazado semejante a Machupichu, planteaba Odaira, quien ha localizado, en el sitio, trazas de una plaza alargada entre dos cerros de 150 metros de largo por 25 de ancho, con un Uzno circular en el centro de 4,8 metros de diámetro; hacia el Este de la plaza un Baño Inca y parte de un sistema de manejo de aguas; al Noroeste de la plaza, un cerro aterrazado y en su cima algunas huacas, tumbas, chacras y un área ceremonial. En las laderas circundantes describe conjuntos de piedras trabajadas, unas zoomorfas y otros que reproducen la forma de los cerros que se ven en el horizonte del valle, entre otras.

Esta situación de indiferencia, ante espacios arqueológicos, se repite en muchos otros sitios de la geografía regional, como podría ser el caso del Camino del Inca en el tramo Minas Cañaribamba y en la entrada al Pachamama, meseta con abundante material arqueológico, por citar solamente estos casos como ejemplo, bienes culturales que puestos en valor, podrían ser sitios emblemáticos y ofertarse como atractivos turísticos. (O)