El atentado

Mario Jaramillo Paredes

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El atentado contra Napoleón en 1802 fue atribuido a la derecha francesa y al imperialismo austriaco. Con ese pretexto, Bonaparte reclamó mayores poderes y pasó a gobernar con el título de cónsul. Poco después otro supuesto atentado contra su vida, le sirvió para reclamar poderes plenos y el título de emperador, con el que gobernaría hasta el final de su carrera política.

Los dos confusos hechos han sido ampliamente estudiados y hoy la mayoría de interpretaciones concuerdan en que detrás de la organización de esos atentados estuvo el mismo Napoleón, ayudado por la hábil pero siniestra mano de José Fouché su ministro de Seguridad Interna. Fouché, cuya biografía merece ser releída en estos días de revolucionarios del siglo XXI, es el prototipo del político carente de escrúpulos que igual sirve al rey que a la revolución francesa y a Napoleón. Para él como para los políticos de su calaña en todos los tiempos y lugares, lo importante es –siguiendo los consejos de Maquiavelo- no tanto cómo se llega al poder, sino cómo se lo conserva. El fin justifica los medios en esa concepción del quehacer político.

La revolución francesa había comenzado en 1789 como una lucha contra la monarquía absolutista de los pelucones reyes y había llegado a su fin apenas diez años después, cuando el joven Bonaparte dio el golpe de estado del 18 Brumario. El título de rey olía mal después de la revolución y la solución para tener el mismo poder absoluto con otro nombre, fue acudir a la historia de Roma y escoger el título de emperador que era el premio que los soldados daban a sus generales victoriosos. Ser emperador era más que ser rey, pero sin las odiosas connotaciones que tenía el pelucón reinado. Como cuando hoy se quiere democratizar los reinados de bellas jóvenes y se las llama señorita simpatía o confraternidad.

La revolución bolivariana en Venezuela y su u copia en el Ecuador, comenzaron luchando supuestamente contra la inestabilidad y la corrupción de los gobiernos “de derecha” que según sus caudillos habían llevado a estos países a la miseria y opresión, de mano obviamente del imperialismo norteamericano. Al poco tiempo esas revoluciones devinieron en gobiernos con poder absoluto, avasallando al legislativo y al poder judicial a los que convirtieron en sumisos instrumentos. La corrupción creció como nunca antes y a la luz del día surgieron nóveles millonarios que durante la semana vociferaban contra el imperio del norte, pero los sábados y domingos viajaban en lujoso avión presidencial a hacer compras en el odiado Miami.

En ese contexto, los atentados contra la vida de los caudillos- no Napoleones sino napitos y sapitos pomposamente calificados como magnicidios- siguen siendo hábiles recursos para recuperar credibilidad cuando las evidencias muestran miseria creciente, corrupción rampante, y fracaso contundente. Hoy en el Ecuador se está reescribiendo la historia del supuesto atentado del 30 S. En Venezuela el episodio de los drones muestra que mientras corpulentos guardaespaldas hacen la pantomima de proteger a Maduro, su valiente esposa permanece- avisada de lo que ocurría- impávida y hasta las malas lenguas dirían, contenta. (O)