¿Atentado?

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El populismo se caracteriza por acudir, más que a la razón, a los sentimientos de los ciudadanos. Con gran frecuencia se vincula a algún líder mesiánico que ha logrado, por lo menos por un tiempo, crear la imagen de salvador irremplazable y, en consecuencia, mantenerse en el poder indefinidamente o, a veces, recurrir a fieles servidores con el único requisito de lealtad a ciegas al gran jefe o mentor. Estrategia básica es crear “enemigos irreconciliables” que recurren a todos los medios para acabar con los redentores. El razonamiento es secundario para el populista, sus respuestas se limitan a insultos y a echar la culpa de errores y falencias a sus “enemigos”, ya que ellos jamás pueden equivocarse ni cometer errores.

El caso de Venezuela es un ejemplo grotesco. Sus mentores disfrazan sus aptitudes y comportamiento en ideologías que pueden impactar en las mayorías, aunque carezcan de fundamentos sustentables. El socialismo del siglo XXI fue este “aparato ideológico” que, si nos atenemos a resultados, ha demostrado ser calamitoso en ese país y en los de sus seguidores. Suelen también usar sin sentido el término “revolución” por cambios importantes que procesos de esta índole han tenido en la historia. Cuando la situación supera todos los niveles de credibilidad, sus mentores “reconocen” su culpabilidad, pero ofrecen cambios que, más allá de la palabrería, a nada conducen, como ha ocurrido con Maduro que nada ha podido hacer frente a la inflación que llegó al millón.

Parte de este aparataje es desarrollar la imagen de víctimas para acrecentar el odio a sus supuestos autores mediante “atentados” que ni aprendices lo hicieran tan mal. El “magnicidio” en nuestro país cada vez se consolida como una tragicomedia en la que, para sustentar la condición de víctima no vaciló en que se pierdan varias vidas. El caso de Venezuela es también con poco sustento; por cierto, lo primero que hizo Maduro fue inculpar de este atentado a Colombia y Estados Unidos para desviar la atención del pueblo frente a las condiciones internas, hacia un patriotismo ante la amenaza de enemigos extranjeros. El poder y capacidad de los países inculpados es tal, que si realmente quisieran cometer un atentado, ni de lejos entrarían en un juego de niños.