Nicaragua

1830

La década de los años setenta se caracterizó en América Latina por el elevado número de dictadores y su inhumana dureza en el manejo del poder, cuyo más repudiable símbolo fue Pinochet. Anastasio Somoza desempeñó estas malévolas funciones en su país, Nicaragua. Ante la imposibilidad de una oposición racional, el recurso a las armas fue la alternativa y, en este caso, el frente sandinista, que se organizó con la participación de partidos opositores de todas las tendencias, logró su derrocamiento y la reinstauración de la democracia. Daniel Ortega fue el gran líder de este levantamiento y se incorporó a la historia por haber liberado a su país del somocismo mediante un sistema de guerrillas frente a un ejército organizado.

Otros presidentes, con diferente éxito pasaron por la gobierno y Daniel Ortega se presentó a elecciones triunfando, pero luego, siguiendo el estilo de los gobernantes totalitarios que quieren perpetuarse en el poder, se ha mantenido en él mediante “elecciones” muy cuestionadas y valiéndose de “leyes” para eliminar a sus posibles competidores. Más aún, no tuvo el menor escrúpulo en hacer que su esposa sea la vicepresidenta para que todo quede en familia. En este tipo de democracia manipulada, contar con un ejército sólido y directamente controlado por él es fundamental, como ocurre en la Venezuela actual en la que el éxodo de ciudadano llega a cifras que sobrepasan el millón, ante la crisis global que ha deteriorado de manera increíble las condiciones de vida.

Llegó un momento en el que los ciudadanos se cansaron y manifestaron su descontento mediante manifestaciones callejeras. La carencia de razón de estos gobernantes llevó a que responda con el único lenguaje que manejan: la represión; el número de muertos ha sobrepasado los 300 y no hay visos de solución a corto plazo. Los países latinoamericanos en los que la democracia se ha consolidado, han adoptado como principio la desaprobación a las dictaduras, directas o disfrazadas y trece de ellos han hecho pública su desaprobación y la búsqueda del retorno a la paz. Ecuador está entre ellos, lo que demuestra que el sentido de democracia va más allá de las palabras, superando al anterior gobierno en el que tenía más peso su solidaridad con el autoritarismo.