Yo decido

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Ciertamente, si hay algo en el Ecuador que nunca se detiene, es el activismo político. Y lo digo porque ahora mismo, en las entrañas del Consejo Nacional Electoral, más de doscientas veinte organizaciones políticas se lanzan al ruedo de la contienda democrática. Y no es cosa fácil. Se trata de una tarea que requiere la presentación de estatutos, idearios y planes de gobierno entre un largo etcétera previo a la entrega de la clave para iniciar la famosa “recolección de firmas”. Proceso, éste último, ingrato y sumamente complejo en un país donde más del 80% de ciudadanos están ya inscritos (no siempre con su conocimiento o voluntad) en algún partido o movimiento existente.
Ahora claro, el sentido común indicaría que la afiliación (entendida como la voluntad política más reciente) anularía cualquier afiliación anterior. Y sin embargo no es así. El respaldo a un nuevo movimiento político requiere de un molesto trámite adicional (personal e indelegable) de desafiliación al movimiento anterior. Cosa que no sorprende en una nación que vivió una década de partido único, populismo y coerción. Claro, no sorprende. Pero sí complica.

En fin, lo cierto es que son 220 las organizaciones políticas que hoy intentan sumarse a las 172 ya existentes, para ponernos ante un escenario probable en el que más de 400 movimientos y partidos políticos se disputarán las próximas elecciones seccionales. ¡Cuatrocientos! Cuatrocientos actores políticos conformando un variopinto mosaico que va desde las agrupaciones afines al oficialismo (al nuevo y al viejo), los movimientos gremiales, ambientalistas, sindicalistas, transportistas, campesinos, estudiantiles y un innumerable abanico de agrupaciones cantonales, hasta llegar inclusive a los añejos veteranos del pasado y aún aquel impertérrito grupo de militantes de la revolución que todavía creen en los milagros y en aquello del maná.

Y si bien es cierto es que debemos celebrar este resurgimiento de la diversidad democrática (más aun cuando ocurre en un sistema pensado para reprimirla), también pienso que deberíamos analizar si no estamos llevando el entusiasmo político demasiado lejos. Pensemos por ejemplo que en los Estados Unidos (la democracia más antigua del continente) o en Chile (una de las más saludables de la región), las agrupaciones políticas no pasan de setenta o cuarenta respectivamente. Por eso creo que, antes de ir por la calle regalando firmas a diestra y siniestra deberíamos pensar que esa firma encierra tanta responsabilidad como el voto y que yo decido lo que apoyo y lo que dejo pasar.

Pasar, por ejemplo, de aquellos movimientos de rostro único y culto a la personalidad. Pasar de los mesías y los salvadores. Y apoyar, eso sí, a los tengan propuestas y planes concretos. A los que olvidaron los libros de recetas del pasado y tienen claro que con una buena mano también se puede perder el juego. Apoyar decididamente a la juventud, lo que incluye también a las cabezas canosas que tienen joven el espíritu y las ideas. Y apoyar, sobre todo, a la gente nueva. Fresca. Transparente. A todos aquellos que miran distinto y miran de frente. A los que saben que para sacar adelante a una sociedad no bastan los caudillos. Y que esa firma de apoyo es también un ejercicio de responsabilidad con el país que queremos.
Yo firmo. Yo decido… (O)