Venezolanos en Cuenca: desde hace 7 años se elevó a 4.000 inmigrantes

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Arriban a la ciudad casi todos los días; algunos solos, muchos con familiares. Tienen un denominador común.

Vienen casi sin nada: sin dinero, sin lugar donde acogerse, sin documentos y hasta sin abrigo porque ignoraban que Cuenca es una ciudad fría.

Son parte del éxodo de ciudadanos venezolanos en escape de la crisis social, económica y política que acosa a su patria.

Por la condición de vulnerabilidad, algunos de los que llegan, duermen en el piso, apenas sobre cartones, en las casas que alquilan para vivir.

Entre ellos hay, inclusive, una mujer embarazada de siete meses.

José Briseño es un empresario residente en el país hace 16 años, parte de una fundación, “Comunidad de Migrantes del Azuay, Corazón Vinotinto”, que intenta apoyar a solventar las carencias de sus compatriotas, pero muchos esfuerzos no alcanzan para tantos.

Lo que más necesita hoy son colchones, alimentos no perecibles. Han actuado con apoyo del Club Rotario y de otra fundación de un norteamericano que trabaja con una posada de la ciudad para entregar alimentos.

Rosalba Bisanti, empresaria que vino hace más de 20 años con su esposo ecuatoriano, subraya la necesidad de contar con un albergue con acoja unos 15 días a estos emigrantes, hasta que se ubiquen. Luego, darles una asistencia sicológica y consejería para que puedan ubicarse y empezar una forma de vida.

Hay una bolsa de empleo que ha armado Briceño, en ella están múltiples oficios y también profesionales de alto nivel académico, que tienen problemas para conseguir colocación.
“Demasiado buenos para los empleos que buscan”. Entre ellos 85 profesionales, inclusive una ingeniera y docente con título de PhD, un magister en educación, un ingeniero forestal que quiere trabajar, inclusive de mesonero.

Valentina Moreno, licenciada en informática, teconologa en relaciones públicas y terapista familiar es una de las profesionales que vive en Cuenca, tarbaja con su compatriota, pero durante más de un año laboró, de manera informal. Vendía, “Marquesa”, dulces artesanales de su país en los buses y calles, pero consiguió un trabajo y se considera por ello, afortunada. Cuanto más preparación más dificil el trabajo, cuenta José.

Otro hecho, fruto de la emigración, es el nacimiento, en Cuenca, de bebés, hijos de madres venezolanas, cuenta la obstetra Sonia Salamea, que ha atendido a algunas de ellas.

La migración venezolana no es un hecho reciente pero sí agravado los últimos meses por la crisis acentuada allá. Los venezolanos en Cuenca eran solo 70 familias hacia el año 2000; hace unos seis o siete años llegó una ola migratoria, organizada, de profesionales con sus familias. Hoy, según cálculos expuestos en diálogos informales durante la pasada Cumbre Hambre Cero, los vinotinto en Cuenca serían más de 4.000.

Por fuera hay unos venezolanos que han conseguido una buena situación pero temen mostrarse, porque creen que las mafias podrían secuestrar a sus familiares para extorsionarlos. La emigración es ahora de familias completas. “En Venezuela solo se están quedando los adultos mayores”, cuenta Rosalba Bisanti. (AVB)-(I)

XENOFOBIA Y AGRESIONES

Con el éxodo han venido de todo, pero a sentimientos de desconfianza se suman ahora hechos de xenofobia y hostilidad, cuentan los entrevistados, aunque de casos que no les ha ocurrido a ellos.

Una mujer A.G. fue agredida físicamente, lo que presuntamente le pudo causar un problema de tensión que le causó un derrame que la llevó al hospital.
Otros casos han sido de agresiones y acoso verbal, pero en redes sociales hay mensajes que, incluso incitan al crimen contra los venezolanos. (AVB)-(I)

EMPRENDIMIENTO DE LAS AREPAS

“Lleeegó la areeepa…”, resuena la voz de Héctor Gil en la calle Gran Colombia. Vestido de rojo y con una caja tricolor ornada con estrellas blancas expende un bocadillo clásico venezolano: la arepa, una tortilla de maíz con variedad de rellenos. Nativo de la ciudad de Mérida, llegó a Cuenca, hace un año, como parte del éxodo migratorio por la crisis social, económica y política que sacude Venezuela.

“Cuenca me ha recibido bien, estamos más a menos a la misma altitud en metros. Tengo mi empresa propia, trabajo por mi cuenta”, señala, e incluso ha podido dar trabajo en su emprendimiento familiar. “Full Criollo, Sabor venezolano” es un delicatessen de bocaditos, lasaña, arepas y servicio de catering que atiende a compromisos sociales.

Con su familia y la de su hijo se ha sentido bien tratado. Lamenta, sin embargo, que “algunos venezolanos hayan cometido algún error” y, en esos casos, deja todo a la justicia y a las leyes.

Asegura, personalmente, no haber sufrido rechazo aunque le han contado de otros que sí y como consecuencia de la inconducta de alguien, otros perdieron sus trabajos o no se los acepta para una opción laboral.

Parte de su familia es un niño pequeño, un nieto que se ha integrado bien a la escuela, solo que el niño hablá ya en “dialecto cuencano”: dice canguil, a lo que los venezolanos adultos llaman “cutufas”; banano, lo que para ellos es “cambur”.

Héctor Gil lamenta la situación económica, social y política que pasa su país. “Ojalá las autoridades internacionales toman cartas en el asunto para ver si podemos salir del entrecomillas y negrillas, presidente Maduro. O, mejor dicho, dictador inmaduro”, señala. (AVB)-(I)