Dignidad y Trabajo

Edgar Pesántez Torres

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Todo el mundo parece que entiende lo que se dice cuando alguien reclama un sueldo “digno”, pero ¡cuán diferente es la cantidad “digna” según los casos! De las definiciones que encontrará el lector se topará con la de Kant que delimita la “dignidad” por el hecho de no tener preciso, nada puede intercambiarse por el hombre ya que nada hay equivalente. Entonces, esta clase de “dignidad” no vale para reclamar ningún salario.
La cuestión de la “dignidad” se extiende a todos los ámbitos de la vida, tan es así que en las curiosidades de la historia del Derecho un juez del máximo tribunal de un país, acusado de un delito, se negaba a responder a las preguntas de las imputaciones por “dignidad”. Data esta antigualla jurídica de la época en que las normas provenía de “lo alto” y quien las dictaba era “semejante” a la divinidad, lo que implicaba estar exento de interrogatorios inferiores, es decir, de todos. (Cualquier parecido con la realidad inmediata pasada es pura coincidencia).

Pero vayamos con la dignidad del trabajo en consideración a la fecha que asistimos. El trabajo es un valor y un derecho que tiene toda persona para vivir en las mejores condiciones posibles. Al trabajo hay que entenderle como el uso de diversos recursos a su alcance, de los instrumentos necesarios y medios técnicos que vayan a producir bienes para la vida y el desarrollo humano.
Desde que se tiene conocimiento el hombre trabajó y éste fue evolucionando hasta adquirir una fecha conmemorativa: el Día del Trabajo, como recuerdo a los obreros de Chicago que fueron sujetos a una exagerada explotación y que en 1886 iniciaron un movimiento que tenía por fin obtener una reducción de la jornada, evitar el agotamiento físico, mental y psicológico de los trabajadores, a la vez que dar oportunidades a millones de desempleados.
Desde entonces los obreros empezaron a organizarse hasta conformar sindicatos y cada Primero de Mayo realizar manifestaciones difundiendo los abusos de los que son objeto, demandando reivindicaciones y fustigando a los gobiernos de turno. La lucha de los sindicatos y de sus líderes no estuvo exenta de represalias y hasta de muerte. El camino por el que lucharon fue espinoso y sacrificado. Verdaderos líderes tributaron con sus vidas por defender los derechos de sus compañeros.

Deplorablemente muchos cabecillas se aprovecharon de junturas para obtener réditos personales y del círculo que lo acompañaba, por eso fueron perdiendo credibilidad. A eso se sumó las demandas exageradas que hicieron quebrar a empresas y ahondar la crisis del desempleo. En la década pasada algunos sindicatos se fueron con una poderosa agrupación política, desde donde sus dirigentes se sirvieron de cargos públicos y abandonaron la lucha sindicalista.
El trabajo es el principal protagonista de la vida, del que es imposible huir. No es una obligación social ni la consecuencia de un increíble pecado transmitido, ni una condición de la Naturaleza: es un derecho individual, es un don intrínseco de la especie, sin el cual el hombre no poseerá dignidad. A través del trabajo se configura la personalidad y cada personalidad enriquece la Tierra. El trabajo es el máximo fin del mundo y con él el máximo fin de la humanidad.
La principal tarea de un gobierno es crear fuentes de trabajo y satisfacer un mínimo de sus aspiraciones. Su obligación es ponerse a tono con el viejo refrán español “¡Dale un pez y comerá un día; enséñale a pescar y comerá siempre!” (O)