Angustia devora rutina a familias de equipo secuestrado de El Comercio

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Abrir los ojos y enfrentar los retos del día a día marcaban hasta hace doce días la rutina de tres familias en Ecuador, hasta que la fría bofetada del secuestro de sus seres queridos en la frontera convirtió ese despertar en una angustia sinfín.

El 27 de marzo, cuando se confirmó el secuestro del fotógrafo Paúl Rivas, del periodista Javier Ortega y del conductor Efraín Segarra, del diario El Comercio, en la provincia de Esmeraldas, fronteriza con Colombia, la vida “cambió en un segundo” para sus familias, confiesa a Efe Yadira Aguagallo, pareja de Rivas.

Inundados en preguntas aún sin respuestas, la rutina de los familiares transcurre ahora entre comités de crisis, llamadas de asesores de Ministerios, búsqueda de información, vigilias y marchas de protesta.

“Para muchos de los que estamos directamente relacionados con esto han sido también días de dejar nuestros trabajos” y de dejar de lado “detalles tan minúsculos como pagar la tarjeta de crédito”, una responsabilidad que, como otras, obliga a poner los pies en tierra y plantearse cómo continuar la vida después de esto, comenta.

Y así, lo que para muchos son solo doce días, para las familias de los secuestrados, de sus amigos y colegas, ha sido una eternidad traducida en “pesadilla”, una zozobra que también les ha mostrado una cara amable en medio del desconsuelo: la de una “solidaridad increíble”.

Bajo el eslogan de “Nos faltan 3”, compañeros periodistas han lanzado una intensa campaña para exigir a los Gobiernos de Ecuador y Colombia que los devuelvan a casa.

Aguagallo menciona entre otras acciones las vigilias en la Plaza Grande, frente a la sede del Ejecutivo, de gente con termos de café bajo la lluvia para recordarle al jefe de Estado de Ecuador, Lenín Moreno, la ausencia de sus seres queridos.

El martes, un medio de comunicación colombiano difundió un vídeo en el que los tres secuestrados, abrazados y encadenados, decían que sus vidas estaban en las “manos” del mandatario ecuatoriano.

“Lo único que quieren es el intercambio de sus tres detenidos en Ecuador por nuestras vidas”, afirma Ortega en el video, antes de agregar que sus secuestradores son disidentes de las FARC.

“Las pocas horas o minutos que logramos dormir cada noche, se convirtieron de nuevo en una pesadilla al despertar y ver esas imágenes de Paúl (45), Javier (32) y Efraín (60)”, dice Aguagallo.

Pero aunque fue un “shock inicial muy fuerte” y un “encontrón de emociones”, con la voz modulada de quien cuida que no se escape el llanto, dice que al mismo tiempo el vídeo les dio esperanza al saber que “siguen vivos”.

Las duras imágenes le permitieron también recobrar fuerzas. Esas fuerzas “que, a veces, en determinado segundo del día sientes que ya estás a punto de perder”, y que son necesarias para saber que “no es momento de doblegarse”.

Aguagallo, periodista de formación, cree que el vídeo buscaba “infundir miedo” en la población.

“Estoy segura (de) que los tres van a regresar, pero también de que nuestras vidas van a cambiar”, indica al especular que, de concretarse el ansiado retorno, “los primeros momentos serán de desconfianza plena a todo”, señala con una fortaleza que mantiene durante el día pero que -dice- se le rompe en la soledad de la noche.

“No tengo duda de la paranoia que voy a experimentar cada vez que Paúl salga de la casa y del miedo que me va a provocar que vuelva a hacer su trabajo, aunque tengo la misma convicción que él en su trabajo, porque no es solamente tomar fotos, es garantizarle a la gente el derecho a informarse”.

Un hondo suspiro para aguantar el llanto es también un pretexto para reemplazar los tristes pensamientos con la idea de que Rivas sabe que tanto ella, como su hija, su madre y toda su familia están “haciendo todo” por él, indica Aguagallo.

El 25 de marzo, al despedirse de su pareja (el menor de tres hermanos), le recordó que una semana después, el 2 de abril, sería su 33 cumpleaños.

“Tranquila, voy a regresar para tu cumpleaños”, le dijo él sobre una fecha que finalmente debió festejar en la angustia de un momento que, por ahora, no parece tener fin. EFE