Último día con mi maestro

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[Edgar Pesántez Torres]

Miércoles 14. Soy informado del grave estado de salud de mi Maestro. Salía del país en pocas horas y no podía partir sin despedirme de él, más cuando sabía que su partida definitiva estaba agazapada. Entonces me apresuré acudir a SOLCA, su segunda estancia desde cuando fue sentenciado por un cáncer del páncreas, enfermedad que paradójicamente había investigado a profundidad para después poner a consideración de la exigente Academia de Ecuatoriana de Medicina, y así alcanzar la cima de los laureados como Académico de Número.
Sus colegas le pasaban visita y su fiel amigo, doctor Raúl Alvarado Corral, permanecía junto a él. Me acerqué a tiendas para saludarle. Con sus ojos anejados exclamó en voz baja: –Me estoy yendo. ¡No Maestro –repliqué–, eso sólo Dios sabe! Le comenté que estaba viajando fuera del país. –El que está viajando sin retorno soy yo –insistió–. Me incliné para entregarle mi cariño y gratitud a través de un abrazo que jamás olvidaré. Sería mi último contacto con el cuerpo diezmado del Maestro. A sus lágrimas se unieron las mías, al advertir la inminente tragedia de la vida: la muerte.
Sus hijos retornaron del Viejo Continente para la despedida final. Les esperó lúcido y compartió conversando, aconsejando y disfrutando la última jornada. Al día siguiente había empeorado, hasta que finalmente la noche del 25 de marzo tributó su vida a quién le concedió. No todos pueden contar con el tiempo suficiente como tuvo el doctor BOLÍVAR ANDRADE CANTOS para arreglar sus cosas terrenales y poner su conciencia en limpio. Bendijo a sus hijos y transmitió sus exhortaciones finales al amor de su vida: María Elena.
La muerte física es parte del ciclo natural de la vida, no así la muerte de la conciencia humana que es inaceptable. Solo admiten aquellos que no satisfacen su alma con la gratitud y el amor que siente el corazón. El doctor BOLÍVAR ANDRADE CANTOS fue maestro y más tarde colega, pero sobre todo amigo. Supo ilustrarnos en la ciencia y en la solidaridad humana. De su sabiduría aprendimos en el aula y quizá más en los círculos académicos, en las tertulias culturales y en las reuniones sociales. En todas ellas nos supo inculcar que para vivir, primero hay que saber ser.
Tenía un bagaje de conocimientos, pues fácilmente se insertaba en temas de ciencia, arte, cultura, política, deporte… Fue un conversador agudo; a cada tema le gustaba inquirir y escuchar para después emitir su pensamiento certero y profundo. En uno de los últimos coloquios sobre política, me dijo que el tiempo que discurre no es de ideologías sino de valores, así que éstos se transmiten, mantienen y cambian por intermedio de ellas. Empero, primero hay que hacer prevalecer los valores como cimiento de las ideologías y que éstas sean instrumentos de la política.
A María Elena, Santiago y Ma. Susana valga recordarles una reflexión del Maestro, en una de las reuniones en su casa: No es posible tener todo a la vez, no se puede ganar algo valioso sin perder algo valioso. Cada día de más es uno menos, ya que la vida es un balance de beneficios y pérdidas; solo de uno dependerá que, al final, vivir haya merecido la pena. Comulgaba conmigo sobre que la muerte es parte fundamental de la posibilidad misma de existir desde que comenzamos nuestro desarrollo humano. Nos enseñó a aceptar el sufrimiento y a sentir que vivimos porque estamos muriendo continuamente y moriremos porque hemos vivido continuamente. (O)