La Noche del Julián Matadero

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[Andrés F. Ugalde Vázquez]

Rompía el alba y un cielo encapotado por pesadas nubes grises anunciaba un día oscuro en la devota y lejana Cuenca de 1950. Una ciudad, casi pueblo, que en aquel entonces recién convocaba a algo más de cuarenta mil habitantes. Y sin embargo ya era bella. Ya se erguían orgullosas las casas del Barranco a cuyos pies corría el Tomebamba bajo el centro colonial y su estampa imponente de balcones centenarios. Sí, Cuenca era bella pero no era feliz. Su espíritu se ahogaba en el olor a incienso de los templos innumerables. La fe desmedida y los gobiernos ultramontanos, la habían convertido en el centro más conservador del país. Cuenca, la orgullosa Atenas de otros tiempos, resistía la llegada del mundo moderno y anhelaba detener el tiempo para eternizar la figura del patriarca, católico a ultranza y conservador radical, a cuyo alrededor se levantaba una estructura social en la que la tierra, la mujer y el indígena (en ese orden) se reducían a meras posesiones.
Pero volvamos al origen de nuestro relato. Volvamos a aquella lluviosa mañana, hoy hace 68 años, del 3 de abril de 1950. Una mañana poblada de extrañas noticias. Noticias que llegaban desde los lejanos poblados de Sayausí y Barabón en las que se hablaba de torrenciales aguaceros que habían convertido los pacíficos arroyuelos del Cajas en pesados torrentes que arrasaban con huertas y caminos a su paso. Noticias que se confirmaban en el caudal del impetuoso Tomebamba que crecía minuto a minuto. Pero no. No se trababa solamente de una creciente. Ese día había algo distinto. Ese día el Tomebamba estaba hosco. Oscuro. Rugía y se encrespaba como en los tiempos anteriores a su bautismo con agua bendita en 1802. Ese día, el Tomebamba volvía a ser el pagano y feroz “Julián Matadero” y aquella misma noche cobraría su venganza.
En efecto, había pasado ya la hora del crepúsculo. La ciudad aguardaba silenciosa y nada se oía salvo el estruendo del torrencial aguacero que caía como un presagio. Y luego, de pronto, un ruido lejano que venía desde los cerros del Cajas. Un rumor que crecía a cada minuto y se iba convirtiendo en un atronador bramido con el cual el Tomebamba hacia su furiosa entrada a la ciudad, trayendo consigo los restos de puentes, casas y gigantescos eucaliptos arrancados de cuajo por el torrente imparable. Allí desaparecerían, en cuestión de minutos, la capilla de El Vergel, la casa parroquial de San Roque, el Camal, la avenida de La Alameda y catorce de los dieciséis puentes que comunicaban la ciudad. Solamente quedarían en pie la Casa de Ancianos y el Hospital San Vicente de Paúl dado que, en aquel punto llamado “Tres Tiendas”, el río se bifurcaría para perdonar a los ancianos y los enfermos.
“Es que el Julián será bravo, pero no perverso…” me dice Tomás, un abuelo que a sus noventa años aún lleva intacta en su memoria aquella noche brutal. “Es que el Julián estaba enojado. Enojado con nosotros…” agrega y le encuentra así una razón al desastre. “Vino para lavarnos por dentro, para llevarse el pasado, para que recordemos quienes somos. Vino porque nos habíamos olvidado…” ¿Olvidado de qué? “Pues de ser cuencanos…” me dice mirándome por sobre los anteojos. Yo, la verdad, no supe que responder… (O)

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