Agujero negro

Claudio Malo González

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Con motivo del viaje sin retorno de Stephen Hawking, en internet apareció una caricatura. El genio de la física dijo que Einstein le dejó la mesa bien servida, a lo que el actual presidente de nuestro país respondió “A mi Correa me dejó un agujero negro”. El humor puede cambiar el sentido de los términos pare referirse en este caso a la calamitosa situación en que recibió el país -más endeudado que un adicto al juego en un casino de Las Vegas- y con instituciones, como el Seguro Social, que su antecesor lo convirtió en “caja chica” para su festín de los dineros públicos, prácticamente en quiebra.

Si esto dijera un integrante de la oposición que llegó al poder, no faltarían quienes le tildaran de inepto o enemigo del pueblo. Como proviene de un sucesor el panorama es distinto. Nadie discute que reconocer los errores es una virtud, de la que carecía a nivel cero el antecesor, y que combatir la corrupción con hechos, no con palabras, es un cambio positivo, aunque el mentor le califique de traidor. Que el Consejo de Participación ciudadana, por iniciativa del jefe de estado, esté presidido por un símbolo de la reserva moral del país es laudable, pero el agujero negro sigue abierto y para algunos se ahonda.

Han salido a luz artimañas para el endeudamiento descomunal y un nuevo “festín del petróleo”, pero las deudas siguen y los acreedores ni de lejos van a perdonarla. Nos acercamos al primer año el nuevo gobierno y no conocemos medidas reales para cerrar el agujero, salvo “sesudos” análisis de algunos economistas que integran el gobierno. El tiempo pasa y la desaprobación al anterior gobierno y apoyo al actual expresado con generosidad en la cultura popular tiende al desgastarse. Cada vez tiene más simpatizantes la canción “Al final el mundo sigue igual”.

Si en una economía familiar se da una crisis, la primera medida que aconseja el menos común de los sentidos es reducir los gastos en serio y no con “ahorros de cocinera”. Una de las más grotescas manifestaciones del despilfarro anterior fue el descomunal crecimiento del tamaño del Estado y, cual plaga malsana, la proliferación de la burocracia. Muy poco hemos visto ante esta plaga. El crecimiento, cual tumor maligno, de los ministerios no ha sido corregido y siguen los mismos, salvo el del buen vivir ya que su protagonista sigue viviendo bien, pero sin sueldos ni prebendas. Si la cirugía mayor debe aplicarse, esta deformación pide a gritos un bisturí.
“Obras son amores y no buenas razones” dice un sabio aserto. Esperamos que en el 75% que le queda al actual gobierno se tomen medidas serias que no van a cerrar el agujero negro, pero sí disminuir su profundidad. (O)