Nicolás Kingman, referente del periodismo y la literatura ecuatoriana, falleció

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“Volver,/ con la frente marchita,/ las nieves del tiempo/ platearon mi sien./ Sentir, que es un soplo la vida,/ que veinte años no es nada,/ que febril la mirada/ errante en las sombras/ te busca y te nombra…”, cantaba Nicolás Kingman –Don Nico, con cariño-, en 2010.

Era su cumpleaños 92, que coincidía con el paseo de todo el personal de Diario La Hora, donde se desempeñó como director. Después del almuerzo, en el comedor principal de Rumipamba de las Rosas, se le cantó el Cumpleaños Feliz.

Don Nico, con una sonrisa en los labios, quería agradecer el gesto. Lo hizo de forma recíproca. Entonó ese tango que abre estas líneas. Su voz, curiosamente, era tan ronca como la de cualquier gaucho.

Su tono, metáfora del vigor que siempre lo caracterizó, estaba intacto. Los miles de tabacos ingeridos, desde mozalbete –como se refería bromeando-, no mermaron el canto de quien decía que “fracasó como tanguista”.

“Veinte años no es nada”, reza uno de los versos del esa canción. ¡Qué decir de prácticamente una centuria! Sí, quizás su voz se apagó, pero sus consejos, enseñanzas, libros y humor quedarán para siempre intactos… Don Nico es un siglo de vida que, difícilmente, lo borra el tiempo.

Vida

Don Nico nació en Loja, el 18 de noviembre de 1918. Su padre, Edward Kingman, médico estadounidense, conoció a doña Rosa Riofrío, viuda de Córdova, quien tenía dos hijos: César Augusto y Filomena.

Contrajeron matrimonio y procrearon tres hijos: Eunice, Eduardo (el gran pintor ecuatoriano) y Nicolás.

Pasó su infancia en Quito y su adolescencia en Guayaquil. En el ‘Puerto Principal’ estudió en el Colegio Vicente Rocafuerte, donde tuvo como profesor de Literatura al escritor Enrique Gil Gilbert, quien lo encaminó por la ruta de las letras.

“Realizando una tarea escribí mi texto ‘Muelle viejo’. Gil Gilbert lo leyó y le gustó mucho. Desde ahí hubo una amistad, la misma que me permitió relacionarme con el resto del Grupo de Guayaquil: José de la Cuadra, Joaquín Gallegos Lara, Alfredo Pareja Diezcanseco y Demetrio Aguilera Malta”, contaba con entusiasmo, en medio de un cigarrillo, de sus años secundarios y su acercamiento con los intelectuales más notables de entonces.

Se trasladó al Oriente ecuatoriano para trabajar con la Shell, “en la temporada en que esa empresa venía en busca de petróleo”. No prestó sus servicios por mucho tiempo porque “era un trabajo extenuante y la paga muy poca”.

Conoció a “la mujer de su vida”, Gloria Garcés, mientras se desempeñaba como diputado. “Era una joven hermosa… muy guapa. Tenía una gran inteligencia. Antes conquistábamos con serenatas a las muchachas y por suerte ella sí me abrió la ventana de su balcón y su corazón”, contaba Don Nico sobre su esposa, con quien tuvo cuatro hijos: Eduardo, Carmen Elena, Santiago y Simona.

Política

Por su paso por las provincias de Napo y de Pastaza, a inicios de los 40’, se ganó la simpatía de la gente. Una vez que triunfó ‘La Gloriosa’ (28 de mayo de 1944), derrocando al presidente Carlos Arroyo del Río y permitiendo el ascenso de Velasco Ibarra, Don Nico formó parte de la Asamblea, representando a esos sectores.

Entabló una gran amistad con el caudillo Carlos Guevara Moreno y se unió a las filas de su partido, Concentración de Fuerzas Populares (CFP), con el que se convirtió en diputado por el Guayas.

“Me alejé del CFP, que tenía una visión de ayuda a los sectores populares, cuando lo encabezó Assad Bucaram. De hecho, desde mi trinchera como periodista lo critiqué varias veces”, compartía Don Nico con aire vehemente.

También, participó en la presidencia de Carlos Julio Arosemena Monroy como Visitador General de la Administración, “un ministerio sin cartera”.

Letras

“No soy un gran personaje. Soy un ciudadano que ha tenido alguna incidencia en determinados instantes”, sostenía Don Nico con sencillez.

Con orgullo relataba que su acercamiento más tierno con los libros fue gracias a su madre: “Ella era muy ilustrada. Leía mucho y nos compartía sus lecturas. Por ella conocí a escritores como Dostoievski”.

Su acercamiento con el Grupo de Guayaquil incidió en la literatura que propuso. El tema social fue la piedra angular de los escritos de Don Nico.

Su primer cuento, titulado ‘Sal’, se publicó en el diario El Telégrafo, medio donde colaboraba habitualmente, al igual que en diario Expreso, ambos de Guayaquil; pero su tarea como periodista –“el oficio más dignificante que existe”, como sostenía- inició en el periódico socialista La Tierra.

En 1974 publicó sus primeros relatos, reunidos en ‘Comida para locos’. En 1982 lanza su novela ‘Dioses, semidioses y astronautas’, con la cual obtuvo el Premio ‘José Mejía Lequerica’.

Junto a su hermano Eduardo (uno de los máximos representantes pictóricos del expresionismo latinoamericano), Don Nico se convirtió en un gran promotor cultural y artístico, impulsando a jóvenes escritores y artistas.

“Atahualpa Martínez, Eduardo y Nicolás (Kingman) eran como padres. Sus consejos siempre fueron útiles. Tenían ‘buen ojo’ y sabiduría. Los jóvenes artistas les hacíamos caso a ellos, porque eran verdaderos referentes”, expresó Vicente Philco, pintor que se dedicó al retrato justamente por sugerencia de Don Nico.

En 1997 recibió el Premio Nacional Eugenio Espejo, máximo galardón que otorga el Gobierno ecuatoriano. Nicolás Kingman se llevó el lauro por su contribución a la cultura.

Desde 1986 trabajó en diario La Hora, desempeñándose como su Director Nacional: “La Hora le abrió las puertas a este bohemio. Siempre estaré agradecido porque el periodismo es el mejor rol que he podido realizar en mi vida”.

Las gracias las da este medio, al director y amigo leal que nos acompañó y guio con su experiencia, sencillez y buen sentido del humor. ¡Descanse, Don Nico! ¡Paz en su tumba!

Fuente: La Hora