Cien años y miles de recuerdos en la vida de Mamá Delia

789

En la parroquia San Cristóbal nació doña Delia Campoverde Ríos, que es madre de 9 hijos, 2 de ellos fallecidos y con 92 descendientes.
En la parroquia San Cristóbal, límites entre las provincias del Cañar y Azuay, hace 100 años, nace doña Delia Campoverde Ríos. Madre de 9 hijos, 2 de ellos fallecidos y con 92 descendientes. Hoy celebra su primer siglo de vida y con motivo de rendir un justo homenaje a un camino de historias, vivencias y duras realidades, este fin de semana todos sus familiares se reunieron para festejar este acontecimiento.
Desde las 7 de la noche, la ceremonia por su aniversario número 100, dio inicio con una eucaristía en la tradicional Iglesia del pueblo, hasta donde fue trasladada la carismática abuelita, que tiene decenas de generaciones, entre hijos, nietos, bisnietos y tataranietos, quienes en un verdadero lazo de unión familiar, la acompañaron en su día especial.
La centenaria dama, sentada en medio de sus 7 hijos que gozan de la vida, con una memoria lúcida, nos cuenta parte de su vida y narra algunas anécdotas que a muchos arranca sonrisas y en otros casos nos traslada a imaginarnos aquel tiempo de una vida de calidad y que hoy parece como un cuento con rasgos mágicos.
Delia Campoverde Ríos nace el 10 de marzo de 1918 en Cuenca, y por azares del destino llegó hasta la provincia del Cañar a temprana edad con sus padres, radicándose en la parroquia Borrero Charasol. A los 16 años de edad contrae matrimonio con Eduardo Altamirano, oriundo de la provincia del Cañar, con quien procrearon 9 hijos, de los cuales 7 están con vida, entre ellos Segundo, Ubaldina, Gladis, Wilmar, Germán, Eduardo y Matilde Altamirano Campoverde.
Doña Delia cuenta que uno de los factores que permitieron llegar hasta los 100 años con salud y que aún le permite valerse por ella misma en algunas cosas, ha sido la alimentación saludable que consumió durante sus años de juventud y toda su vida. Alimentación que se atribuye a los granos tiernos y secos, frutas, verduras, hortalizas, harinas, aves y animales que ella misma tenía en su propiedad.
La Matrona, en su siglo de vida lleno de historias y senderos, nos comparte cómo en aquellas épocas una mujer se alimentaba durante su parto. “Antes no había médicos como hoy para que atiendan los partos, habían muchas “comadronas” (parteras, mujeres que atienden partos mediante el conocimiento de la medicina ancestral, pasada de generación en generación)”. En los primeros signos del parto, su esposo o a veces sus hijos mayores, eran los enviados a buscar a una partera, lo hacían montados a caballo, ya que en ese tiempo no había vehículos motorizados, ni vías de acceso al lugar.
“Mi marido nunca permitía que nadie cocine, el mismo preparaba los alimentos para mi dieta, recuerdo que él usaba un poncho grande y para cocinar votaba hacia atrás de sus hombros las puntas de la prenda; él tenía una atención de mucho cuidado conmigo. Me arreglaba la cama bajo un toldo y no permitía que nadie se acerque, a veces venían a visitarme y algunas personas tenían algún olor fuerte por los perfumes que usaban, mi esposo les decía ¡por favor no se acerquen que mi esposa, no puede percibir olores fuertes, está delicada de salud y le puede hacer daño¡.
Yo me levantaba de la cama a los 50 días de cumplir la dieta de parto. En ese tiempo, como no había agua en la casa, me trasladaban al río para bañarme en el agua que era cristalina y saludable, para eso también mi esposo llevaba las ollas y los alimentos, como gallina y chocolate para preparar la comida, de manera que para cuando salía del baño inmediatamente me servía la comida”.
Segundo Altamirano, el mayor de sus hijos, relata que la vida era difícil, ya que en aquellos tiempos no hubo facilidad de traer los alimentos desde la ciudad de Azogues, y su padre los traía a caballo dese la ciudad.
Respecto a la alimentación de los partos de su madre, explica que “ella preparaba en ollas grandes el fideo hecho por sus manos, elaboraba con harinas a base de granos que cultivaba mi padre, a algunas libras de harina le ponía entre 60 a 80 huevos de gallina criolla, criadas en casa.
También mi padre traía cacao y licor de caña cuando iba a la costa y mi madre preparaba el chocolate, que era el principal alimento de su dieta en los partos, a más de las gallinas criollas, se preparaba una gallina cada dos días; mientras que con el trago se preparaba la “almibarada” que es una bebida que se obtiene al hervir media taza de alcohol con media taza azúcar y se bebe para generar energía”.
Una de las anécdotas que cuenta don Segundo, es que desde los 9 años todos sus hermanos eran responsables de cumplir con actividades ordenadas por sus padres. “En una ocasión me mandaron a traer a una partera de Azogues, cuando llegué no le detallé que era urgente, que tenía que atender el parto a mi mamá, la señora me hizo demorar pidiendo que le ayudara a desgranar el maíz y yo me quedé. Al ver mi demora, mi papá llegó molesto a vernos y nos fue llevando”, así cuenta entre risas compartidas con los invitados de la fiesta.
Doña Matilde, su quinta hija es quien cuida a la longeva mujer, ella vive en una casita rústica de teja, madera y bajareque, decorada con flores de colores en su balcón, que también guarda muchos secretos de esta tradicional familia, ubicada a pocos metros de la iglesia del pueblo de San Cristóbal.
“Mi madre en la noche necesita de cuidados especiales, el día se vale por ella misma, se moviliza sola, no le gusta estar ociosa, siempre busca algo que hacer, a pesar de su edad sus manos no paran de trabajar, en casa ayuda a desgranar mazorca, fréjol y más, ya que también el médico recomienda que sus manos deben estar siempre en movimiento”.
Doña Delia es la mujer con más edad de este pequeño pueblo que se rodea de montañas, árboles y matorrales en lo alto de la vía alterna a Paute, donde prima la tranquilidad, la paz y el silencio, que para quienes viven la costumbre de la modernidad en las grandes urbes, parecería que es un espacio muerto; sin embargo este lugar guarda muchas realidades de antaño y del presente.
En el lugar, esta abuelita protagonista de un siglo de vida, sacó adelante a sus hijos con el tejido de sombrero de paja toquilla, que junto a su esposo realizaba, además cuando sus hijos e hijas crecieron aprendieron este tradicional oficio, al punto de elaborar cada uno un sombrero diario, que sería comercializado en la zona y en las ferias de la ciudad de Azogues.
Su familia en un siglo de vida la integran con 7 hijos, 4 generaciones, 92 descendientes, 35 nietos, 53 bisnietos y 2 tataranietas.
Wilman, uno de sus hijos narra que a los 14 años se fue de su natal San Cristóbal hacia Guayaquil, en búsqueda de mejores oportunidades, donde radica por 45 años. Mientras que su último hijo Eduardo, había quedado en el vientre de su madre con 6 meses de gestación, cuando su padre falleció a la edad de 33 años. “No conocí a mi padre, yo no tengo un solo recuerdo de él, sé por sus fotos y por sus historias que cuentan mis hermanos y mi madre”.
Doña Delia ha sido padre y madre para sus hijos, ha criado con mucha responsabilidad y amor a sus retoños, lo cual, como resultado son unas personas de bien. “A ella siempre le ha gustado que seamos responsables, que trabajemos y salgamos adelante. Estoy muy agradecido con Dios, porque nos ha permitido que mi madre cumpla 100 años y esperamos tenerla muchos años más”.
A pesar que han pasado más 60 años de la muerte de su esposo, Doña Delia prometió luto eterno, pues según una de sus nietas, desde esa fecha triste, hasta el día de hoy no ha vuelto a bailar, ni en reuniones familiares, ni en fiestas populares.
La noche de su celebración, hubo flores, brindis, elogios, poemas y serenatas en vivo, detalle que prepararon sus hijos, nietos y bisnietos. Su nieto, el comunicador social Román Matute Altamirano, compartió una semblanza que da cuenta de la vida de esta dama.
Su fortaleza fue cómplice para acompañarla despierta hasta las 12 de la noche, robándole tiempo al sueño, hasta que Doña Delia reciba el cumpleaños feliz coreado por sus descendientes, sople las velas, muerda la torta y pose para las fotos del recuerdo.
Mientras Mamá Delia, como la llaman sus generaciones, avanzaba con paso lento en brazos de sus hijos, por el pasillo de la sala que la acogió en su honor, afuera un grupo de jóvenes lanzaban cohetes que pintaban el cielo de colores, encendían globos y un auto elegante la abordaba, cual carroza lista para trasladarla a la centenaria madre hasta su casita de color rosa, adornada con flores, semejante al de los cuentos de hadas y la que sobresalía de las demás viviendas, en donde descansaría en un plácido sueño hasta la alborada del siguiente día.
Por. Martha Calle Padilla.