Pequeñas unidades económicas dan empleo

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En el barrio El Vecino, calle Barrial Blanco, cuatro familias preparan y venden chochos a través de ocho carritos ambulantes. Su proyección es reunir dinero para cambiar la fachada de sus vehículos. LCC

Desde diferentes barrios, algunas familias crean microempresas

Cientos de vendedores ambulantes dependen de grupos organizados independientes que trabajan artesanalmente

En el barrio Cayambe, el joven Víctor Criollo con su familia elabora empanaditas y más bocaditos para vender. ACR
En la calle Miguel Vélez, el joven Gerardo Gahui arma los paquetes de chispiola para la comercialización ambulante. ACR
Alexandra Escobar prepara y vende manís, con su esposo, en uno de los carritos que recorre la ciudad. ACR

Familias que viven bajo un mismo techo o en igual barrio, con el paso de los años -y tal vez sin darse cuenta- han ido creando microempresas a través de las cuales se autogeneran ingresos y dan empleo a otras personas.

Estas unidades económicas pequeñas, que son artesanales, tienen un propietario o coordinador que, por lo general, es el mayor de la familia. Son jefes de hogar que han multiplicado estas unidades de negocio, para lo cual han compartido sus conocimientos para que cada “socio” se independice.

Este modelo de negocio, que no es nuevo en el Ecuador, se observa en varios segmentos de la economía local, y se lo ve en diversas calles a través de vendedores ambulantes -la mayoría son padres de familia- que promocionan alimentos fundamentalmente, en carritos o canastos.

Varios son únicamente comerciantes, pues los productores son otras personas.

Ventas

Para este medio de comunicación resultó delicada tarea encontrar las casas en donde se preparan chochos, manís y empanadas, pero más complejo fue lograr que sus dueños quieran dialogar con la prensa, pues diariamente trabajan con el temor de la guardia municipal.

Aunque tienen el sueño de crecer, generar más empleo y tener mayores utilidades a través de una empresa formal, casi ninguno se arriesga a intentarlo, debido a su situación económica, ya que viven del día, no tienen como conseguir un capital inicial y tampoco para contratar a alguien que se dedique exclusivamente a realizar los trámites de constitución.

Empanaditas

En el barrio Cayambe, por la vía que va a El Cebollar, parte posterior a los tanques de agua, conocido como zona de tolerancia, vive la familia Criollo que elabora: empanadas, conitos, donas, roscas, relámpagos y pañuelitos.

Son esos bocaditos que llevan vendedores ambulantes en canastos horizontales de mimbre, cada dulce a 10 centavos.

Víctor Criollo cuenta que empiezan a trabajar a las cuatro de la mañana “porque coge el tiempo hacer, es producto del día, no guardado, porque es saludable para los niños que consumen en escuelas y colegios”.

Trabaja con su esposa e hijo. Saca 600 dulces al día y viaja a Cañar a vender “aquí no hay como hacer nada, gracias a Dios allá hay gente que me conoce”.

Maní

En la calle Miguel Vélez, sector mercado Tres de Noviembre, Alexandra Escobar con su esposo preparan: chispiola, maní dulce y maní de sal, melcocha, tostado, cocos, habas, paletas y quesitos.

Los comercializan desde su local, y también los sacan a vender en sus carritos, pero un gran porcentaje de la producción la distribuyen a comerciantes ambulantes.
Este trabajo, a pocos pasos de su tienda-cocina, también realiza su madre hace 25 años que vende al por mayor y al por menor.

Para que el ambulante tenga una ganancia en la funda pequeña de maní, el local le entrega a 20 centavos cada funda para que venda a 30 centavos. La funda grande le da a 35 centavos, para que la comercie a 50.

“La ganancia depende; la gente que recorre los semáforos y las calles gana un poco más que, la que entrega en tiendas”, comenta Alexandra.

Su proyección es crecer a futuro, por ahora solo se enfocará a remodelar uno de los locales, para lo cual invirtieron para contratar a los albañiles y comprar material de construcción. (ACR)-(I)

“La cuadra de
los chocheros”

En la calle Barrial Blanco, del barrio El Vecino, hay tres cuadras conocidas como “la cuadra de los chocheros”, en donde se ubican algunas familias que preparan el chocho que luego venden en carritos.

En una de estas casas de inquilinos, al fondo del zaguán, viven cuatro familias (cada una paga 120 dólares mensuales de arriendo) no solo unidas por la consanguinidad sino por el negocio. Nacidos en Ambato, y radicados en Cuenca, hablan bien el quechua y el español.

Hace un par de años se organizaron para comprar los carritos y unirse a una asociación que los respalde, incluso le pusieron el nombre, pero ya no la activan.
A las 07:00 nuevamente lavan sus carritos y utensilios, preparan: chocho, canguil, tostado y los demás ingredientes. Salen en grupo (luego se dividen por calles) a las 10:00 y retornan a su hogar sobre las 14:00, cuenta Olga Cashabamba, quien labora 12 años bajo esta modalidad independiente.

Cada funda de chochos vende a 50 centavos, por día, de todas las ventas, gana aproximadamente diez dólares, restando lo que paga por la compra de la materia prima, incluidas servilletas, fundas, cucharas y más.

Estas familias aspiran reunir dinero para cambiar la fachada de sus carritos, hacerlos más alegres, pero aún no pueden hacerlo; ellos también viven a la zozobra de los municipales. (I)