Una boda en Quillupungu

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[Tito Astudillo]

Era una noche de luna, una media luna que parecía jugar a las escondidas en un cielo profundo, matizado de blancas y oscuros nubes y nubarrones que pasaban raudos abriendo ventanas a la luz de rato en rato, hasta que la reina de los cielos, la que interviene en los ritmos de la tierra y en el flujo energético del cuerpo, en los ciclos del agua y los ciclos agrarios, se tomó la noche sobre el caserío que, abajo, estaba de fiesta. Habíamos llegado a la boda de Diana y Luis en Quillupungu (quillu = amarillo y pungo = puerta o entrada), killa= Luna; frente al cerro Pucacruz (puca = colorado), entre Gualalcay (cay = agua) y Gullanzhapa (shapa = lleno); porque, así designan en estas parcelas andinos a su geografía, con el nombre de sus deidades, hitos, colores y elementos de su entorno: Portada de la Luna, entrada amarilla, cruz de la loma colorada, aguas grandes, lleno de gullanes, como para perennizar sus impresiones iniciales del cielo y de la tierra, testimonio íntimo en correspondencia con el espíritu universal y la naturaleza Madre.

Como es arriba es abajo, si señor; arriba la luna domina la noche y las estrellas le acompañan chispeantes; abajo la casa de la boda, una explosión de luz y armonía y, alrededor, el vecindario titilando como un cielo invertido. -Este es el día más feliz de mi vida, porque he cumplido mi sueño-, decía la novia entre certeza y emoción y, se entiende, ellos no necesitaron leer a Osho para comprender que tanto el hombro como la mujer tienen el mismo derecho a realizar su sueño y que, cuando han resuelto juntar sus vidas, es un deber sagrado de cada uno, no pisotear el sueño del otro, sino construirlo paso a paso, beso a beso, lágrima a lágrima, hijo a hijo y, en ello, se ratificaron y comprometieron ante su familia, ante sus padrinos, ante los amigos y ante la comunidad en pleno y de gala como testigos. Que sutil ternura la entrada de la “dama de amor” despejando el laberinto de cintas que enreda la corte nupcial al paso de los novios, premonizando que solamente el amor permitirá vencer todos los obstáculos que ofrecerá el camino. Y el brindis, tanta sencillez y sabiduría en cada intervención. Y vinieron las ofrendas de la comunidad y de cada uno, porque aquí, la invitación es personal y comunal y la reciprocidad también. El abrazo es íntimo, cálido y vital.

El poblado está a más o menos de 10 kilómetros de la ciudad patrimonial, pero llegar ahí es una tortuosa aventura, que se justifica para nosotros, por el esplendor del paisaje nocturno, como ascendiendo entre dos cielos mirándose, por el concierto de emociones vividas, el calor comunal y la espontánea expresión de su gente: sus sentires, aspiraciones y decepciones también. Mientras regresamos, desandando baches, digo el camino típico del austro rural, la casa de la boda va quedando, cada vez más distante como una lejana impresión de luz decreciendo en la inmensidad de la noche y, arriba, la Luna como vigilando la inmensidad del cielo y la quietud de la comunidad. Dejamos Quillupungu con la Luna en su cielo, la fiesta encendida abajo, y, un cúmulo de reflexiones sobre la familia, la vida comunitaria, el estado de las vías y, nuevas inquietudes sobre Toponimia regional. (O)