Uno de los telares de Zulema Coronel

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En Nabón, en un espacio rodeado por las estribaciones andinas, allí está la casa – taller de Zulema, una tejedora que tiene más de 40 años en el oficio de tejer, cobijas, ponchos, colchas. Ella es tejedora por aprendizaje, un oficio no heredado.

La casa de Zulema Coronel es una casa pintoresca. Es la vivienda donde habitó con sus padres. Para llegar a ella hay que seguir una carretera que, como por arte de magia o más bien por las bondades de la tecnología, se abrió en medio de las montañas.

Zulema vive en Nabón, en la comunidad de Bulag, diez minutos del centro cantonal. Es una mujer bajita, de contextura delgada, de ojos color miel y, lo que más se resalta dentro de sus muchas cualidades, es la voz fina, como de una niña, suavecita pero muy dinámica.

Llegar al aposento donde ahora vive con su padre -su madre falleció hace algunos años- es guiarse por una señalización que hace algún tiempo ubicaron unos estudiantes universitarios cuencanos y que guían a su taller de telares.

El camino es un aventura, subir un sendero pedregozo, seguir por una trocha cercada con pencas, moras y con esas yerbas medicinales que están al alcance de los transeúntes. En el trayecto se ven las plantas de “carne humana” que, a decir de Zulema, sirve para el estómago; la moradilla, y tantas otras variedades.

Caminar y caminar, bajar y bajar, entre arbustos y zigzales, entre tierra roja y blanquecina, entre piedras grandes y pequeñas, tropezando con ellas, así se llega a ese espacio donde la menuda mujer crea sus tejidos, ejecuta los mismos, a esa casa que está como una atalaya en plena ladera.

La casa es como un mirador. Un huerto donde se huele a manzanilla, con una pileta tan original como su creadora se matiza con los carrizos, con los árboles, pero sobre todo con el ruido del Río León, que se encuentra en las faldas de la ladera.

“El río es el único que hace bulla, el que acompaña con el sonido de sus aguas que corem”, dice la tejedora, una mujer que trabaja en la tierra, que participa en las reuniones con la liderezas de las mujeres organizadas de su cantón, una mujer tejedora y ama de casa.

Los telares y el taller
El patio de su casa si es “muy particular”, allí están y en un rincón los dos telares que dispone para sus obras. El uno, y más grande, que tiene 30 años, elaborado por su padre; y el otro, el más pequeño pero más antiguo, ese que tiene 50 años y también le regaló su padre, porque él lo dio forma con sus manos.

Los telares son como el atractivo principal, pero en ese patio hay otras cosas que llaman la atención; un banco de carpintero, algunas herramientas con las que su papá da forma a alegoría de arados, yugos, y otras herramientas agrícolas en formatos pequeños, es un modo de llevar adelante la artesanía, que es el oficio de Coronel, el padre.

Entre esos espacios de artesanía y arte merodeaba un gallo que pateaba. “Un gallo pateador, tenga cuidado” decía Zulema. Fuera del recinto habían unas estacas que sirven para cuando a la tejedora le toca urdir los hilos.

Los dos telares tienen su función: el más grande para tejer en hilo de lana grueso; y el más pequeño para tejer con hilos finos. El telar más grande se caracteriza porque el peine es más ralo. Ese peine se ubica junto a las perchas con los ojales que reciben los hilos, dos en cada espacio del peine. El gran telar se llama “Telar Rudimentario”, armado en puro madera, similares herramientas hizo su padre para otros tejedores.

Cuando se trata de explicar como funciona el telar, Zulema es una experta y le sobran las palabras y el tiempo para detallar cada uno de los pasos a seguir en el proceso de tejido: “Aquí se sujetan hilos y piolas, aquí se tejen hilos de lana e hilos de tramilla que son los hilos de madeja”, así no más eran esas clases frente al aparato en el cual se hacen chalinas.

El arte de tejer no es nuevo en la mujer, pero tampoco es herencia de oficio de los padres o abuelos. Zulema aprendió a trabajar con el hilo y los telares cuando era adolescente.

Eran esos tiempos en los cuales, algunas mujeres de Nabón tenían como medio de empleo el servicio doméstico. Reacia con esa forma de trabajo, la artesana decidió aprender un oficio con el cual ella sea su único jefe y decidir horario, calendario y ritmo de trabajo. “Yo quiero tener un trabajo libre y no estar dependiendo de jefe alguno”, esa era la meta, cumplida por cierto.

“Mas antes había gente que esclavizaba y me dije no quiero ser así, quiero un trabajo propio, me dediqué y aprendí”, así son los recuerdos de quien aprendió a tejer por las clases impartidas por su vecino Víctor Miguel Tejedor, un vecino que hacía honor a su apellido y tenía la casa a las orillas del río León, justo en el espacio donde termina la ladera que sostiene la vivienda de Zulema. Desde ese mirador, aún se ve el techo de la casa ahora vacía, sola, el dueño la abandonó para vivir en Cuenca.

Empezar en el oficio y los componentes del telar
La forma como cuenta Zulema su historia es lo que llama la atención: “Él me ensenó hacer estos amarrados, él tenía ese telar, recuerdo que se fue a Yacudel por un tiempo, ahí pasó como un año y se llevó su telar, después vendió y regresó. Como sabia este arte, había estado recogiendo hilo para tejer y un día dijo: usted tiene el telar para trabajar ya que tengo recogido bastantes hilos, y digo ya ahí está el telar, era en el de 50 años”.

De él aprendió las técnicas del amarrado, del tejido. Tejedor acabó de amarrar toda una colcha en una hora, mientras Zulema avanzó un pequenísimo pedazo; así fue en sus inicios.

Para poder tejer en el telar rudimentario hay te poner siempre la silla en la parte trasera y que generalmente está apegada a una pared. Desde la silla, la tejedora toma el hilo en su mano, luego cruza, porque van dos encima y dos hebras hacia adentro y así se hace el tejido.

Hay que coger el hilo de un lado y otro para hacer el nudo, una vez que se amarraron las puntas se pasa entonces a otro lado, de esa forma, por una parte entra el hilo en hebras y por la otra ya sale la tela, es decir el tejido.

“Esto está urdido, como ya está cortado hay que igualar. Una vez que se ha cumplido con el corte hay que añadir una por una las puntas. Con esas técnicas se hacen los chales, los ponchos, yo le trabajo en hilo de borrego y madejas”, cuenta.

El taller se alimenta con la luz del día para la jornada matutina y vespertina, y con un foco de luz eléctrica para las noches. Hay un foco para cada telar. Todo el trabajo se hace sobre el piso de tierra, cuando la tarea se realiza en las noches, Zulema pone unas cortinas de plástico para que el viento de la montaña y la brisa del río no afecte su salud.

En cada uno de los telares había una obra por hacerse. Eran colchas que se elaboraban bajo pedido. La más grande era una azul – blanca cuadrillada, es decir, con figuras geométricas pequeñas que daban el color a la gran sábana. El otro tejido era más angosto, otra colcha blanca – rosada que también tenía diseños de cuadrillados o cuadrados.

“Esta es una colcha que se teje y tengo que añadir aquí, esta colcha es de un solo color, el urdido es un color de hilo de madeja que se compra en las tiendas”, esta es otra de las explicaciones de la tejedora.

Los nombres de los elementos que forman el telar son diversos: allí se instalan las perchas, así se les conoce en Nabón, mientras en otros lugares los llaman lisos. El telar rudimentario tiene cuatro perchas, cada una cumple un función, porque en cada una va una hebra; hay otras donde van dos.

Después de las perchas viene el peine donde se hacen los amarres, una hora se demora en amarrar 560 puntas. Así mismo está la urdilla que es donde se colocan los colores, el tono el negro, más del color que desee el creador. Es en el urdido donde se define el color y una vez que se supera ese paso se determina la figura. Después de todo ese proceso viene el producto del tejido.

Abajo del telar están los cuatro pedales que funcionan con los pies. Mientras se teje es importante contar uno, dos, tres, cuatro y sale la prenda. Cuando se pisan los pedales estos se abren y mientras dos suben los otros dos bajan, se abren bastante para pasar el uso de hilo que a la dan paso al mine.

Estos pedales tienen un freno, porque hay ocasiones que el movimiento es rápido, no se puede detener y se afloja. El freno es metálico, le va recogiendo, le da la vuelta y eso pasa para otro componente del telar. “Para urdir yo paro la estacas en la pampa, esto se llama masa para recoger el urdiembre, el de adentro se llama masa para recoger la tela, esos travesaños que están debajo del gran telar”, señala.

Una colcha de lana de borrego no tiene un tiempo definido de tejido. Zulema no mide por si la obra se acaba en un día o dos; y eso, porque cada día dedica horas al tejido, esa no es su labor de todo el tiempo. “A veces trabajo una hora, otras veces dos horas, ya me levanto para hacer otras actividades en la huerta o a ver mis animales”, ese es el relato de un día de jornada.

Para tejer una bufanda la tarea del urdido es poco. Para esta prenda, la tejedora centra en el telar la cantidad de material que se necesita para lograr esa prenda. Lo que si está claro en las clases de Zulema, es que para todos los tejidos se usan las cuatro perchas.

Zulema dice que tejer es tan importante como cavar en la tierra y plantar unas cinco matas de col, o como atender a sus aves, a sus cuyes, a su jardín de plantas medicinales. (BSG)-(Intercultural).