Don José, un tejedor de historias y recuerdos

1846

Desde hace cinco años José Lino Patiño es un hombre de campo. Su trabajo en el telar se acabó, sus ojos se opacaron después de 40 años de trabajar con el hilo. Su historia está llena de colores y figuras.

En la casa de José Lino Patiño, el último tejedor de una generación de tejedores, el telar y su acción son parte de una larga historia.

José Lino integró un clan de cinco tejedores de un mismo barrio de Nabón, Azuay. Eso era hasta hace unos diez años. José recuerda los nombres de sus colegas: Don Rodolfo, el primo de su esposa Rosario, Ernesto y Miguel; de todos ellos, Lino es el único sobreviviente. El hombre tiene ahora 78 años y desde hace cinco abandonó su oficio, porque poco a poco se le opacaba la vista.

Tejer es un pasaje en la historia de Lino. Hoy el hombre es un agricultor, sus actividades se centran en la tierra, en la chacra y en ayudar a su esposa con las cosas de casa, ella también tiene problemas de visión.

Rosario, la compañera de Lino, era curandera, sanadora, sabia, mama. Ella es sobrina de Natividad Ureña, y al igual que su tía, Rosario dice: “Somos curanderas porque Dios nos dio el don; mis nietos ahora son médicos, pero ya soy enferma, me dio el parálisis y me operé la vista, ya nada es como antes”, esa es una parte de su vida.

Rosario Naula Ureña, siempre vivió en Nabón. Sus primeros años de casada moraba en una casa viejita y pequeñita, como ella dice. Con el paso de los años compraron el espacio donde hoy residen, un poco más hacia la calle y no muy lejos de la antigua vivienda.

Los días de Lino ya no son en el telar. Ahora el tiempo lo divide entre la huerta, el coger yerba para los cuyes y atender a sus animales domésticos. Los tejidos de Lino salen a flote en sus remembranzas, es en su memoria donde viven las obras casi artísticas como ponchos, cobijas, algunas bayetas, bufandas, cada una de las piezas tenían sus particularidades y sus modelos.

Eran prendas hechas con hilo de orlón e hilo de lana de borrego. Muchas veces ese hilo de borrego era tejido por Rosario. Y es que el tejido tampoco estaba fuera de las actividades de la mujer, sólo que ella no lo hacía en el telar, ella daba forma a las prendas con herramientas como croché y palillo, eran chompas, bufandas, tapetes, cosas lindas que muchas veces fueron para Estados Unidos.

Cuando se abre el diálogo con los artesanos, los temas fluyen. Mientras se habla del tejido, sale la afición de ellos por la tierra, como también la virtud de sanar de la fémina. Para demostrar que Rosario es una mama, enseña las vainas de algarrobo, una planta medicinal que sirve para curar inflamaciones de la piel, y que la trajo desde Oña, una señora que llegó a curarse, una buena porción de algarrobo le dio.

“Se llama algarrobo y es bueno para curar las heridas en los labios. La vaina se muele hasta dejarla como polvo, se la mezcla con un poquito de agua sal tibia y listo, esa pasta se unta en la parte afectada y con eso se sana. También sirve para curar heridas que avece salen por hongos en lo spies y lastiman, la gente lo conoce como afectado por el agua”, eso cuenta Rosario.

La octogenaria no es una improvisada en salud ancestral, como tantas otras mamas aprendió de las antiguas, pero también se capacitó años atrás en El Batán, Cuenca, donde le formaron para vender pastillas.

Ella si sabía atender partos, algunos diplomas que le entregaron en esos procesos de formación lo demuestran. Durante 25 años ayudó a mujeres de su comarca a dar a luz, y con mucha fe en Dios y satisfacción cuenta que, en todo ese tiempo, ni una madre, ni un niño fallecieron.

La historia del tejedor y sus tejidos
Más de 40 años sentado en medio del telar, anudando hilos y manejando usos para dar forma a esas sábanas de hilo, así se pasaba José Lino Patiño, trabajando para educar a sus hijos que estudiaron en Cuenca. Lino y Rosario llevan 52 años de casados, por eso, el accionar del tejedor siempre fue de la mano con su esposa.

“La tarea del tejido estaba combinada con la chacra y en otros trabajos. A veces me iba a la Costa y venía trabajando cuatro o seis meses y dos meses me pasaba acá”, esos datos son parte de los recuerdos de este último tejedor de uno de los barrios de Nabón.

Eso de ser pobre era un drama, José lo sabe porque nació en Cochapata y con el fin de tener un oficio con el cual defenderse en la vida acudió al taller de don Cayetano Reyes, un viejo tejedor nabonense, a quién le pagó para que le enseñe a tejer.

Cayetano era famoso en su tierra, y eso, porque todos le conocían como “Don Tulito”, un experto, quien además de enseñarle algunos secretos del oficio también le vendió el telar. Tanto era el afán de José de tejer, que se arriesgó a pagar 200 sucres por ese enorme aparato, y así armar su taller.

El telar del “Tulito” era de esos grandes, tenía un armazón de madera. El telar costó 200 sucres y por la tejida de una colcha de seis varas se cobraba cinco sucres. Con el paso del tiempo subió el precio y un trabajo como esos se cotizaba entre ocho y diez sucres. Ya en los días finales de tejedor, sus obrajes se desenbolsaban en dólares.

Del gran telar no queda nada. Cuando José Lino decidió terminar con su oficio porque sus ojos se opacaban cada vez más, lo embodegó y poco a poco sus partes se dispersaron. Algunas de las piezas se mantienen en la casa pequeña y vieja, eso dice Rosario.

El hilo y el tejer
“Yo tejía hilos de borrego que entreveraba con hilo de orlón. Habían algunos tejidos lisos que gustaban a la gente para llevar a Quito y a Cuenca, aquí también les gustaba, eso sí, quienes mandaban a tejer tenían que conseguir el hilo”, así eran algunas de las condiciones de trabajo.

El pedido de las obras se hacían con mucha antelación, especialmente las obras que se solicitaban desde Quito y eran una vez al año, y había que mandarles a la vuelta de ese año. La gente de Quito mandaba a tejer colchas para los niños y ponchos, especialmente esos con los que bailaban los chiquillos.

Las bayetas formaban parte de los tejidos de José, pero estas tenían una técnica propia, diferente a las cobijas y ponchos. Para tejer las bayetas se cruzaban los hilos, así como aún lo hacen en Saraguro.

Los clientes podían escoger el modelo de tejido; algunos pedían obras con miniado o pintado; otros optaban por el cuadrillado, es decir con el plasmado de cuadros, o en “equis (X)”. La tercera opción era el quingo o zigzag; todas esas figuras se lograban mientras se pasaba el hilo. Para el quingueado había que pasar unos diez hilos para un lado y diez para el otro, así se consiguía el zigzag.

“Cuando vino un señor Pedro de Santa Isabel me dijo: don Patiño está tejiendo mal, le han enseñado mal; entonces le pagamos a este señor, quien vino, deshizo lo que estaba tejiendo, y volvió a tejer nuevamente, ahí me enseño a dejar bien quingueado. “Él me enseñó cinco modelos de tejido, incluso el de rosas, me daba ganas de tejer y me di gusto, así fui aprendiendo y aprendiendo, ese señor me enseñó bien”, recuerda.

Otrora, el hilo de lana de borrego se obtenía en las zonas de Nabón porque había muchos borregos. Ahora, hasta eso escasea, casi no hay nada, algunos y entre ellos José tiene un pequeño rebaño. Los recuerdos del tejedor e hilandera, cuentan que José tejía y su señora hilaba, a ella le pagaban para esa labor.

Los hilos eran blancos y negros, colores originales de las lanas, con esos se hacían cuadrados. Quienes deseaban prendas de colores traían hilos teñidos desde Cuenca.

Tejer una cobija demoraba día y medio, era un tejido bueno, estrecho. Para que le paguen por la obra, el tejedor tenía que entregar un buen producto. Tejer un poncho se demoraba un día.

“Lo que más tiempo tomaba la mano eran las cobijas, las bayetas igual se demoraban el mismo tiempo, si bien estas eran de hilo más fino, pero su calidad dependía del mine, eso del parado que dicen, y que consiste en pasar una sola hebra separada; si el mine es gruesito, igual se demora”, así son las enseñanzas y recuerdos del tejedor.

En esos tejidos se usaban los usos que ayudaban a llenar de hilo y se pasaban de un lado al otro. También se empleaba la lanza o callua y unos guatos (cordones) que tenían. El telar grande donde tomaban forma las cobijas, bayetas y ponchos era diferente al telar de cintura, que es pequeño y se trabaja con hilo torcido, además afectaba a los riñones porque el tejedor tenía que halar y halar.

El oficio que desaparece
El trabajo del tejido disminuyó, primero por salud y porque la labor es ardua para una paga tan pequeña. El tejido arruinó el funcionamiento de los riñones de José, quien muchas veces recomendó a otros tejedores para que hagan el trabajo que para él ya era duro.

Don Patiño se sentaba a tejer de mañanita y hasta las doce. A esa hora corría a las tareas del campo, regresaba al almuerzo y a las tres de la tarde volvía al telar, así hasta las seis de la tarde, para terminar la obra a entregar.

En el nuevo mileno, tejer una cobija tenía un costo de 14 dólares, por día y medio de trabajo la paga no era justa. Ahora esa misma obra cuesta entre 25 y 30 dólares. Tejer un cobija o un poncho en un día resulta difícil, dice el tejedor, porque la amarrada toma una hora y media

Si bien los hilos se ponen igualito a la hora de urdir, tomar el hilo y cortar necesita de tiempo. Hay que poner 220 hilos, 240 hilos, dependiendo del ancho de la prenda. El tejido más grande necesita 420 hilos, y el más pequeño de 40 a 80 según el tamaño.

¿Usted no enseñó a los hijos este oficio? “Ya se fueron al estudio”, dice, el hombre que también incursionó en el tejido de las chalinas para mujeres. “Las chalinas les gustaba cuadrilladas y rayadas, hacía algunas, yo les preguntaban si quieren en número ocho o chorreada, los colores eran diversos ellas mismas traían el hilo con el color que quieran”, finaliza. (BSG)-(Intercultural)