Zamora Chinchipe, la tierra del Pachamama Raymi

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Desde hace cinco años, Zamora Chinchipe celebra el Pachamama Raymi, la fiesta de agradecimientos a la madre tierra por la producción, es un homenaje a la Madre Tierra.

Zamora Chinchipe es la tierra del Pachamama Raymi, o la Fiesta de la Madre Tierra. La celebración es un homenaje especial a la naturaleza. En el Pachamama Raymi se hacen ceremonias, encuentros, ferias, desfiles, y tantos programas más para agradecer por la vida, la producción, la interculturalidad y la biodiversidad.
Son varios días, cinco específicamente, de programas, todos orientados a garantizar una vida en armonía entre hombre y naturaleza, y la relación entre la diversidad de los pueblos y nacionalidades que conviven en ese espacio.

Zamora Chinchipe es una provincia grande del sur oriente ecuatoriano y se ubica a una hora de la ciudad de Loja. La gente de esta zona identifica a la Pachamama Raymi como la fiesta intercultural más grande del sur del Ecuador, que tiene como sede a ese espacio subtropical rico por la presencia de cascadas blancas que se deslizan como del cielo cual velo de novia, y de cientos de especies de aves que alegran el ambiente con el canto y el viento.

Zamora en una madrugada

Llegar a la ciudad de Zamora en la madrugada es una aventura. En las luces de la madrugada, lo primero que se divisa en una de las paredes de sus montañas es ese enorme reloj, el más grande de todo el Ecuador, dicen. Reloj de números y manecillas rojas fulgurantes.

A las tres de la mañana, en un día cualquiera, el ambiente de Zamora es de silbido de aves, del sonido de unos cuantos carros por las calles. En la terminal terrestre a la tercera hora del nuevo día todo es silencio. Un solo puesto de ventas de agua está activo. Allí, entre las cafeteras activas se pone María que por 29 años tiene la tarea de vender horchata, café y chocolate a los transeúntes, a la gente que de paso llega a ese punto que también es de partida.

“Malo está el negocio”, decía la mujer, mientras unos pocos hombres que esperaban el bus que los lleve a Loja, El Pangui , Yanzatza, Gualaquiza. Buses azules-blancos, amarillos-verdes, rojos con franjas azules.
Allí entre los pilares que marcan los alargados estacionamientos estaban unos hombres bebiendo cerveza. Para ellos el frío no existe. Llevaban pillama y camiseta blanca. Más allá, el limpiador de mandil azul barría el piso y luego de recogía algunos desperdicios, trapeaba las baldosas amarillas intensas.

El reloj gigante no se veía pero se sabe que gira y gira siempre para adelante. A las 05:00 llegó la mujer que cobra el peaje, es decir, los 20 centavos de dólar que le permiten al usuario pasar al lugar donde está el bus. “Ella viene a las cinco de la mañana y se queda hasta las dos de la tarde; después viene otro que sale a las 10 de la noche”, dice María, la mujer que ha hecho de la terminal su lugar de trabajo nocturno y de madrugada.

Los desaparecidos

En la terminal terrestre de Zamora hay algo curioso: dos carteles que anuncian la búsqueda de personas desaparecidas.

En el espacio del torniquete que permite el paso a los pasajeros se lee: “Ayúdanos a encontrarlo” “Desaparecida”. El letrero de la joven Karen Alejandra Campoverde llama la atención porque su retrato tiene una pose sensual. Pero en el mismo cartel está el papel que muestra la fotografía de Joselyn Sánchez, que desapareció el 29 de junio de 2016, también se ve el de Sebastián Lavanda y cuatro hombres más, cuyo paradero, a lo mejor, aún no se sabe.

En el otro cartel también se anuncian desaparecidos, pero ese al menos tenía algo más de color, porque allí se pegaron los afiches que promocionaban el Pachamama Raymi. Poco a poco, conforme los grillos empezaban a salir, a bailar entre las luces, la gente llegaba en mayor número, y con ellos el hombre que vendía café con sándwiches de queso.

Una vez que se abandona la terminal, todo lo que allí se vio, se leyó, ya es parte de la historia que luego se escribirá desde otra perspectiva; desde la mirada de los saberes ancestrales y milenarios de dos culturas: la de la nacionalidad Saraguro, que es anfitriona en Zamora; y desde la nacionalidad Shuar, originaria de esa zona.

Camino al ritual allá en La Poderosa

El Pachamama Raymi en el primer día empieza muy temprano. A las cuatro de la mañana, taitas y mamas ya se dirigen a pie a la cascada La Poderosa, para armar el pequeño altar desde donde encenderán el fuego para este tiempo sagrado.

La Poderosa es una cascada blanca, más blanca que el velo de la novia. Para llegar a ella, y en el día de ritualidad, hay que madrugar y caminar por el angosto camino, un sendero que es como una vena abierta que permite explorar a simple vista una parte del Parque Nacional Podocarpus, la reserva natural, cuyo 85% se ubica en Zamora Chinchipe y el 15% en Loja.

El camino no es muy visible en la madrugada. La carretera es ese hilo blanquecino marcado en una franja verde. Cuando la vía termina, la aventura empieza a pie. El camino angosto se cobija con las ramas y hojas de los colosos árboles.

Cerca del amanecer se oyen a los grillos, a los pájaros que empiezan su rezo, a las aguas del río que Bombuscaro, suenan y suenan. “Tenga cuidado, a veces las culebras están atravesando por el camino, también están hecho rollo en uno de los filos”, decía una guía; con semejante advertencia es mejor continuar derechito.

El caliente oriente empieza a sentirse. Conforme la noche se marcha y el sol asoma entre las nube se ve, se siente la vegetación extensa. Cuando avanza la ruta, como que el sendero se vuelve angosto. Los administradores del espacio natural han hecho una especie de gradas para que el caminante pueda desplazarse sin problemas.
Entre la oscuridad que se va y el día que llega se llega a donde se encuentra el campamento. Desde allí se puede escoger; la ruta al mirador, con una distancia de 763 metros, cincuenta minutos de tiempo; o el camino a La Poderosa, la cascada blanca que se encuentra a 510 metros, que se recorre en 12 minutos.

Con el día, la luz que lo transforma todo, se ven que llegar a la cascada no es difícil. El camino tiene los graderíos y en algunos tramos hay pasamanos. “Ya mismo llegamos”, decía otra de las guías, mujeres que conocen la naturaleza, lo que ella tiene.

El sonido es el primer indicador que La Poderosa está cerca. La fuerza con la que el agua cae de un precipicio de más o menos 80 metros de altura no puede pasar desapercibida ante los oídos. El manto blanco está visible, los hombres y mujeres que son parte del ritual también.

Suena el agua, y en medio de ese ruido sonaba una quipa. Los hombres y mujeres se han dado cita para el ritual de iniciación del Pachamama Raymi. Algunos llegaron en la noche misma, otros salieron a las cuatro de la mañana, y otros a las cinco.

Toda la ceremonia giró en torno a una pequeña chacana que se instaló sobre unos mantos, ahí en el suelo pedregoso y arenoso muy próximo a la gran cascada. Taita Baudencio junto con su esposa y uno de sus hijos, fueron los encargados de dar forma a ese símbolo.

Una pequeña Chacana

Ellos, los taitas y mamas, llevaron las cuatro velas que emanaban luz en la oscuridad. Las semillas de chonta que reposaban en un mantel blanco. Los atados de plantas para la limpia, esos manojos de ruda, santamaría y otras especias. Los canastos de flores junto con las botellas que contienen los saumerios para la limpia, y las iconografías sagradas propias de las ritualidades de los ancestros.

Cuando llega marzo, los anfitriones de la celebración, el Gobierno Autónomo Descentralizado Provincial de Zamora, ponen a punto el Pachamama Raymi, que se realiza cada año en los meses de abril y mayo, considerados los meses de mayor producción.

La ritualidad y el compartimiento que en ella se da, tienen como intención primordial impulsar aspectos identitarios andinos y orientales amazónicos como: la seguridad y soberanía alimentaria, promover la gestión ambiental y el cuidado de la biodiversidad como patrimonio natural, y dentro de estos espacios promocionar también la diversidad cultural y el ejercicio de la interculturalidad de los pueblos y nacionalidades de la provincia.

La ceremonia es un largo encuentro, cerca de tres horas de concentración en el espacio para un encuentro con la naturaleza y el espíritu de los ancestros. Allí junto a la gran cascada y con el agua cristalina que da origen al cristalino Bombuscaro se reúnen mestizos, saraguros, shuar, puruháes, creando un ambiente para la relación intercultural. (BSG) . (Interculturalidad)