Un momento para observar la vida artística de los Ñanda Mañachi

1957

Los músicos dirigidos por el fundador Alfonso Cachiguango interpretan melodías de corte ecuatoriano, sólo de Ecuador en sus diversos géneros. Son ritmos que ponen a bailar al público.

Eran algo así como las diez y media de la mañana. Seis hombres vestían poncho azul que cubría gran parte del torso, dejando poco visible la camisa blanca.

Un sombrero negro, el pantalón y las sandalias, así mismo blancas, complementaban el atuendo de esos hombres, a quienes la gente ecuatoriana comúnmente los identifica como Otavaleños, porque proceden de ese Otavalo, un próspero pueblo de la provincia de Imbabura, Ecuador.

Esos hombres se reunían a esa hora para, con la dirección de Alfonso Cachiguango, empezar una serie de conciertos pequeños, presentaciones de 15 a 20 minutos en los cuales interpretaban sólo música ecuatoriana, porque esa es la especialidad de los Ñanda Mañachi, agrupación musical que nació en 1969, hace más de 47 años, creció, se desarrolló en Peguche, Imbabura, y ha propagado su arte por el mundo.

De izquierda a derecha, los integrantes de Ñanda Mañachi, que en lengua castellana significa “Préstame el camino”, se ubicaron así: un intérprete del bombo y rodador; el hombre de las shagshas, el guitarrista, el de la mandolina que era Alfonso Cachiguango, luego venía quien ejecutaba el violín y al último el que daba acordes al bajo.

Alfonso estuvo algunos días en Cuenca. Él era parte de una feria que se desarrolló en los espacios exteriores del Museo Pumapungo, donde se exponían artesanías, medicinas ancestrales de varias nacionalidades y más cosas. Los días que no hacía música. Alfonso hacía instrumentos.

Allí en el estante de artesanías que exhibía bordados hechos por su esposa, se ubicó una mesa donde reposaban fundas con canutos de carrizos de diferentes tamaños, unos pequeños que no excedían los 10 centímetros de largo y otros más largos que no llegaban a 30cm.

Con esos canutos cortados tan prolijamente en sus dimensiones, Alfonso hacía rondadores. Diez minutos le tomaba al artesano y artista dar forma a este andino instrumento.

Él ya sabe cómo ubicar cada uno de los canutos hasta completar los 12 que dan el sonido que requiere el rondador, amarrarlos con hilo fino plástico y sin descuidar la estética natural del carrizo. Pero no sólo hace rondadores, también hace quenas, algunas zampoñas y otros instrumentos que son de esa familia que ponen el toque de los vientos de los andes.

Desde Peguche

Varias horas de música al son de las cuerdas, percusión y vientos, eso brindaron los invitados. “Venimos desde Peguche y esperamos que nos colaboren comprando un disco o deposite su contribución en la cajita mágica. Somos productores de varios elementos que son un ícono de la música latinoamericana”, eso decía Alfonso, mientras se dirigía al público antes de la primera actuación.

Los Ñanda Mañachi son una agrupación que tiene como producto principal la música, pero al rededor de ella promociona otros elementos: discos, seis volúmenes con una especie de antología de las composiciones e interpretaciones que han hecho; productos identitarios de Otavalo, entre ellos instrumentos musicales; además artesanías y vestimenta.

En el escenario, los integrantes de esta agrupación irradian lo que denominan como “una parte de la identidad de los pueblos ecuatorianos”. Con cierto orgullo, Alfonso decía que hoy por hoy, su agrupación aglutina cerca de 60 músicos, unos que se proyectan desde Ecuador y otros que se encuentran en otras parte del mundo.

“Hacemos música antigua y muy ecuatoriana”, así especificaron los músicos, la razón de ser del grupo Ñanda Mañachi (Préstame el camino) que, según el fundador, tiene agrupaciones bajo el mismo nombre en países como Estados Unidos, Japón, India, Finlandia, Rusia, Alemania, Francia y un buen número en España. Australia también figura en el mapa de giras omnipresentes de los imbabureños.

Todo el conglomerado de músicos, en Ecuador y fuera del país, trabaja bajo la dirección de Cachiguando, quien además de fundador es autor de 470 canciones inéditas, 28 de ellas reconocidas fuera del país, especialmente. “Tengo 60 años de edad y que no se reconozca mi trabajo en el país me duele, tengo de otros países el reconocimiento y me pregunto, por qué no de Ecuador”, así surgen las inquietudes de Alfonso.

Cuando los Ñanda Mañachi tocan la gente baila. Es de oír el ensamble perfecto de Alfonso y sus compañeros, esa sincronía de ritmos animan a la gente a mover el esqueleto, más aún cuando esos sonidos ponen en el oído diversos géneros de música ecuatoriana.

“Que bailen nuestra música ecuatoriana, porque no es de Colombia, Estados Unidos, Perú, es de Ecuador 100%. Los discos que ofrecemos tienen cachullapis, albazos, chaipishcas, capishcas, tonadas, sanjuantiso, todos los ritos que hay en el Ecuador. Aprovechen, porque tienen la oportunidad de llevar a su casa un disco original”, así arenga el conjunto a conocer su trayectoria artística.

Cuando Alfonso habla, de seguro es para dar detalles de la música que entonarán, de la historia del grupo, o de la forma como los Ñanda Mañachi han logrado centrarse como un referente de la música ecuatoriana hecha en el norte del país.

“¿Se acuerdan del Caras, Caras Curiquingue? Preguntó Alfonso. Y claro, la gente mayor dijo que sí. Esta popular melodía ecuatoriana es un sanjunaito creado en 1969, tiene 48 años de edad y desde su nacimiento hasta ahora tiene una larga popularidad y gusto.

La historia del sanjuanito “Curiquinge”

Al son de: “… alza la pata curiquingue/ alza la pata curiquingue”, la gente bailó, aplaudió, aprendió y se quedó admirando el primer mini concierto. Uno de los admiradores del talento nacional era Jonathan, un joven de 14 años, que se dio cita en los alrededores del escenario porque estaba interesado en conocer cómo hacen la música ecuatoriana. Junto al joven miraba Juan, un quiteño radicado en Florida, Estados Unidos, que por primera vez llegó a Cuenca, y se quedó prendido de la fiesta”.

Eduardo Córdova, estaba de blanco entero y sin poncho. El hombre mostraba cuan fuerte eran sus pulmones en cada soplada de la quena. Su destreza era tal que así como le hacía a los instrumentos de viento, los ensamblaba con las shagsgas.

Eduardo es nativo de Peguche, hace seis años ingresó al conjunto. “Estoy aquí porque me convocaron, también soy uno de los seguidores y hubo un muto acuerdo para integrarme. Soy músico de oído estoy desde los 12 años en esto de la música. Los Ñanda Mañachi se caracterizan porque son artesanos, músicos, agricultores y tocan instrumentos y de preferencia los instrumentos de viento como las quenas, zampoñas, rondadores payas”, señala el artista.

El músico que debe superar los 40 años de edad, recuerda como antes de la década de los 90 compartía escenario y presentaciones con otros grupos y en otros países del mundo. Ahora, él es parte del grupo que no viaja, se concentra en Ecuador y participan de giras a países como Colombia o Perú. “Todo eso permite enriquecer la música, ahora hacemos algo de fusión, esto es fusionamos ritmos, porque seguimos con los instrumentos originarios de siempre”, afirma.

El medio siglo de acción musical

La historia de Ñanda Mañachi y sus músicos encabezados por Cachihuango tiene ya mismo medio siglo. Ese dato no figura en dos carteles que se ubican al pie del estante de artesanías. El primero es un azul de letras blancas y verdes que anuncia al director Cachiguango y los números de teléfono para los contratos.

El segundo es un cartel más grande de fondo negro que dice: “Carrizos: Instrumentos 100% Ecuatorianos. Rondadores, zampoñas, pallas, okarinas, pingullos, quenas, quenillas, dulzainas, pifanos, chacchas, antaras, tarcas, sirvis, huiros, pututus, bandolines, charangos, violines y más. La alegoría de uno de sus instrumentos da cuenta de la capacidad del artesano.

Para demostrar que todo eso es parte de su trabajo, en la mesa de artesanías están las okarinas hechas en cerámica. Son pequeños instrumentos que caben en la palma de la mano, tienen dos o tres agujeros. De paredes lisas, llevan pintados algunos símbolos indigenistas que le dan brillo e identidad.

Así mismo se muestran pequeños tambores de madera cubiertos con membranas de cuero de borrego y forradas en sus filos posteriores con fajas o chumbis, tejidos por ellos mismos. La mesa de instrumentos es una gama de colores. Por un lado están los que conservan el color del carrizo, y por otro los que se hacen con otro tipo de bambú y tienen tonos más oscuros, ya sean café, marrones, etc.

Hay otras artesanías hechas con el mismo material de bambú y que tienen la forma de un pequeño recipiente o copa decorado con hilos o encajes de colores y brillantes, son una especie de copa para poner esferos, lápices o cualquier otro elemento.

Esos colores se combinaban con la ropa que cuelga de los travesaños del estante; vestidos y blusas bordadas, bolsos, pañuelos, bufandas, pero lo que más llamaba la atención era la máscara del Diablo Huma tejida con hilos de diferentes colores. Era una máscara de 12 cuernos. En la parte baja tenía flecos celestes, luego azules, más arriba marrones y rojos. Los tejidos en cambio se hicieron con amarillo, verde, azul cielo, blanco entre otros tonos. (BSG)-(Intercultural)